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Peace and violence - Foto: Pancho - Council of Europe

Una extraña enemiga: También necesitamos narrativas pacificadoras

En tiempos de violencia es imperativo hablar de paz

Por: Adriana Figueroa Muñoz Ledo, Visitas: 435

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Este domingo, Nemesio Oseguera Cervantes, alias “El Mencho”, identificado como líder del Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG), fue abatido por fuerzas federales en un operativo en Jalisco. Como parte y consecuencia de esta operación, se desencadenó una ola de violencia con narcobloqueos, quema de vehículos y cierres de carreteras en varios estados del país. Las autoridades emitieron alertas y sobra decir que las redes sociales se han llenado de información, fotografías y videos que ilustran la tensión ciudadana, la incertidumbre y el miedo.

 

Estos acontecimientos presentados como fragmentos de una crónica policial no son hechos meramente sensacionalistas; son la manifestación de la violencia criminal como problema social profundo y persistente. Frente a lo ocurrido, debemos interrogarnos no solo sobre qué ocurrió, sino sobre qué nos exige como sociedad. La muerte de un líder criminal representa, sí, un éxito estratégico del Estado, pero expone las fragilidades del sistema y le secunda una fase de violencia como resultado de la reorganización de los mandos sobre el territorio. La respuesta violenta de grupos armados exhibe también cómo estructuras criminales se han infiltrado profundamente en espacios comunitarios, logrando ejercer poder territorial de modo eficaz.

 

Las ciencias sociales nos enseñan que la violencia no se explica solo por las voluntades de individuos o líderes, sino por condiciones que favorecen la reproducción de redes criminales: desigualdad, corrupción, fallas en el acceso a educación y empleo, y la falta de mecanismos efectivos de justicia. “Cortar cabezas” es un enfoque limitado que no erradica las causas profundas.

 

Otro asunto es el manejo de la narrativa. En momentos como este, es común que los medios de comunicación y las redes sociales nos inunden con relatos que alimentan el miedo, la especulación e incluso el drama; además, con inteligencia artificial se produce material que alimenta las noticias falsas. Si bien es indispensable informar sobre la violencia y sus consecuencias, también es urgente construir narrativas que no la normalicen vía la saturación, a la par que tampoco se reduzca la complejidad social a una lógica simplista de “buenos vs malos”.

 

Una narrativa pacificadora incluye reconocer que la violencia existe y tiene un impacto real en comunidades enteras. Significa poner en el centro a las personas afectadas: víctimas directas, personas desplazadas, jóvenes sin oportunidades, y un largo etcétera. Significa también amplificar las voces que piden justicia, seguridad y reconstrucción social sin recurrir a la estigmatización o a respuestas reaccionarias. Las narrativas son importantes porque influyen en cómo interpretamos la realidad y, por ende, en cómo reaccionamos frente a ella. Una sociedad que se acostumbra a ver violencia sin contexto tiende a respuestas polarizadas: desde el negacionismo o desconexión, hasta la visión de que la autoridad debe aplicar “mano dura” sí o sí.

 

La violencia y la paz son desafíos sociales de primer orden, y necesitan ser abordados con rigor, pero también con empatía y una mirada que combine la crítica con acción transformadora.

 

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