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Fotograma de la película Tiempos Modernos de Chaplin - Foto: Especial

Una Extraña Enemiga: La vida agotada

Parece que hay un cansancio generalizado, pero no todas las personas lo viven de igual manera, pues las diferencias sociales tienen un efecto sobre ello

Por: Adriana Figueroa Muñoz Ledo, Visitas: 7976

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Vivimos en una sociedad agotada. No toda la gente está igual de cansada pues los recursos materiales y simbólicos para gestionar el cansancio están distribuidos de forma diferencial, no obstante, pese a ello, casi todas las personas estamos más cansadas que antes. El cansancio ya no es solo una consecuencia natural y transitoria del esfuerzo físico y mental, sino una condición permanente. El filósofo surcoreano Byung-Chul Han analiza este fenómeno en su libro “La sociedad del cansancio”, en él, reflexiona en cómo la hiperproductividad y la exigencia de rendimiento nos han convertido en seres exhaustos, y en cómo hemos incorporado a tal grado la explotación, que la autoexplotación se ha erigido como un valor. Nos exigimos ser eficientes, creativos y resilientes en todo momento, gestionando nuestra vida como si fuera un proyecto empresarial. La autoexplotación es vista como una cualidad positiva que otorga estatus y, en ocasiones (o al menos esa es la promesa), se refleja en beneficios económicos (aun cuando los costos que paguemos sean muy altos).

Al igual que con todo o casi todo, dependiendo de la latitud en la que nos encontremos, los fenómenos adquieren matices. Así, por ejemplo, en América Latina, este agotamiento tiene matices más complejos. No solo se trata de una presión individual por el éxito, sino de un sistema que precariza y sobrecarga de trabajo a millones de personas. Autoras como Verónica Gago y Rita Segato, analizan cómo el neoliberalismo impone un modelo donde los cuerpos, especialmente los de mujeres y trabajadores informales, son vistos como recursos inagotables que, por ende, ni siquiera precisan descansar ni ser reparados.

Lo más grave es que en los contextos de las clases medias y bajas, todo ese esfuerzo no se traduce en certeza laboral ni en seguridad para el futuro. La sobreexigencia no garantiza estabilidad, más bien todo lo contrario: contratos temporales, jornadas extenuantes sin prestaciones y la imposibilidad de acceder a un retiro digno. Pese a ser un derecho laboral, en México cada vez más personas tienen jornadas laborales por encima de las 8 horas, ya sea porque el mismo empleo así se los demanda, o porque tienen que tener más de uno para lograr solventar sus gastos. Las cadenas de hierro que antaño obligaban a las personas a trabajar la mayor parte del día, hoy han sido sustituidas por las cadenas simbólicas de la incertidumbre laboral y salarial, la escasez, la competencia, la no jubilación y un largo etcétera.

Frente a este escenario, formas de resistencia plantean que en lugar de priorizar la hiperproductividad, construyamos una relación equilibrada entre trabajo y descanso. No obstante, es importante distinguir entre aquellas posiciones que proponen esto desde el privilegio que permite renunciar a un empleo sin perder la certeza material (casa, alimento, etc.) y aquellas que reconocen que las decisiones individuales están mediadas por las propias posibilidades que brinda el entorno. Ciertamente, hemos incorporado la autoexplotación como parte de nuestra subjetividad, lo cual no significa que la sostengamos por libre y voluntaria decisión.

 

Fuentes:

Gago, V. (2015). Para una crítica de las operaciones extractivas del capital: patrón de acumulación y luchas sociales en el tiempo de la financiarización. Nueva sociedad, (255), 38-52.

Han, B. C. (2024). La sociedad del cansancio: Cuarta Edición Especial. Herder editorial.

Segato, R. L. (2016). La guerra contra las mujeres. Traficantes de sueños.

 

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