Masiosare agencia de noticias

Asesinato sangriento - Foto: Topia.org.ar

Una extraña enemiga: La fragilidad incomoda más que la crueldad

Mientras la fragilidad nos confronta con nuestra propia vulnerabilidad, la crueldad nos ofrece una ilusión de control

Por: Adriana Figueroa Muñoz Ledo, Visitas: 9612

Compartir la nota por:

Por raro que suene, la crueldad es un valor social. ¿Por qué? Porque los valores no son buenos o malos per se; reciben ese nombre porque representan aquello que determinada sociedad aprueba, premia, legitima y reproduce, es decir, algo que valora. Si la crueldad persiste y se intensifica no es porque se carezca de educación moral, si no porque existe una moralidad que presenta la crueldad como una virtud. ¿Qué significa eso? La crueldad suele aparecer ligada a ideas como liderazgo o carácter fuerte. Se valora a quien “aguanta”, a quien “no se quiebra”, a quien decide rápido, sin dudar. La idea de firmeza otorga tranquilidad, aun a veces raye con la rigidez. La duda incomoda. La fragilidad interrumpe la fantasía de control.

 

Fragilidad y crueldad se reparten de manera diferenciada en el orden social. Dentro del orden simbólico del género, esos valores –firmeza, dureza, rigidez emocional– se codifican como valores masculinos. Ello no significa que todos los hombres y solo ellos sean así; se trata más bien de una lógica estructurante: el modelo de masculinidad que sigue siendo más taquillero (el “hegemónico”, en palabras de Connell [1]) es un espacio donde se nos entrena para sentir incomodidad frente a la fragilidad; ahí aprendemos que “quebrarse” es un problema, que dudar está mal, que sentir demasiado es una debilidad.

 

Si bien, esta enseñanza se dirige a todas las personas, es en la pedagogía del “ser hombre” donde se presenta de manera explícita: es a los hombres a quienes se les educa con más frecuencia a no dudar, a no mostrarse frágiles y a convertir el miedo en agresión. Por ello, las habilidades para lidiar con la incertidumbre, la fragilidad y el miedo se desarrollan poco. La salida que se ofrece es otra: endurecerse. Así, la agresividad no parece un exceso, sino una respuesta pertinente, legítima, necesaria incluso.

 

Si lo vemos en el orden de lo económico, los valores asociados al éxito, mismos que apelan al individualismo y al interés personal por encima del colectivo, son la marca propia de las grandes fortunas de nuestro tiempo. En ambos casos, no son pedagogías formales, sino sutiles, cotidianas y omnipresentes. Tal vez no fue una enseñanza en tu familia, pero estuvo y sigue estando en los otros agentes que co-educan junto con ella: en los medios de comunicación, en la política, en las instituciones.

 

La crueldad deja de ser violencia y se traduce en un rasgo de personalidad: “así son ellos”; incluso, en una forma de ser del mundo: “así es la vida”. Y da un paso más: cuando la crueldad se posiciona como valor, no solo configura subjetividades, sino también políticas. No es accidental que las guerras se narren en la misma clave de ese carácter: en la guerra hay que ser firmes, no dudar, avanzar sin importar el daño. Las guerras son la expresión ampliada de una ética que ensalza la dureza y castiga la fragilidad. Las guerras son un buen ejemplo de cómo aquello que valoramos en lo individual, tarde o temprano se transforma en política.

 

Fuentes:

[1]. Connell, R. (2020). Masculinities. Routledge.

Lo último

También podría interesarte

Ciencia y Salud

El té de ruda de mi abuelita

Solo cuidamos lo que amamos, solo amamos lo que conocemos y solo conocemos lo que nos es enseñado. Baba Dioum