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Explosión en Tel Aviv por un presunto ataque iraní en la madrugada del domingo - Foto: Reuters

Una extraña enemiga: Entre la carretera y el mundo

Entre una mujer que recogía botellas en la carretera y los titulares sobre guerras y capos, lo inmediato-cotidiano es un espejo de un mundo que normaliza lo inaceptable

Por: Adriana Figueroa Muñoz Ledo, Visitas: 549

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Hay días en que puede verse cómo el mundo entero cabe en una escena mínima.

 

El pasado viernes, mientras conducía por la autopista México-Cuernavaca, en el tramo previo a la salida a Cuernavaca, vi a una mujer recogiendo botellas de plástico caminando pegada al muro intermedio de la carretera. Si bien, me sorporendió verla andando por ahí por el alto riesgo que ello implica, al mismo tiempo hay que reconocer que es cada vez más frecuente encontrar a personas caminando a la orilla de vías de alta velocidad; a veces, como ella, recolectando reciclables para luego vender, y en otras, quizá, acortando caminos cruzando intrépidamente las carreteras. Cuando la miré bajé la velocidad así que, al pasar a su lado, hubo oportunidad de cruzar miradas. Unas dos horas después, en redes sociales, me enteré que la habían atropellado. Murió. Así, sin más. Como si la historia se hubiera cerrado sola. Una vida convertida en estadística y de quien no sabremos nunca su nombre.

 

El viernes anterior, el 20 de febrero, una joven estudiante de la Universidad Autónoma del Estado de Morelos se reportó como desaparecida. Kimberly, quien al momento de escribir este texto aún se desconoce su paradero y cuyo nombre conocemos gracias a que su calidad de universitaria le otorga relevancia mediática, se suma también a las cifras de jóvenes no localizadas y que, citando más o menos al Psic. Enrique Álvarez Alcántara, nos recuerda que la gente no desaparece, que la gente no es objeto del evento mágico de desaparecer… la gente es, en todo caso, desaparecida por alguien más.

 

La incertidumbre, las especulaciones, el ruido digital. Avalancha brutal en medios de comunicación.

 

Y apenas ha pasado una semana en que los titulares nacionales e internacionales hablaban de operativos contra el crimen organizado, de la figura de “El Mencho” y la consecuente alarma colectiva que implicó suspensiones de clases en distintas entidades. Este fin de semana, las tensiones bélicas e intervencionistas en Medio Oriente.

 

Me pregunto si todo está conectado por un hilo tenue o es solo mi imaginación. La mujer que recolectaba plástico en la carretera no murió sólo por un accidente. Murió también por un sistema que la empujó a jugarse la vida entre automóviles para ganar unas monedas. Kimberly no es sólo un nombre en tendencia, es un caso más entre miles en un país donde ser mujer y ser joven sigue implicando un riesgo adicional. Y los conflictos internacionales no son sólo movimientos estratégicos: son decisiones que terminan impactando cuerpos concretos, familias concretas, territorios concretos.

 

Todo puede parecer lejano y, al mismo tiempo, ser brutalmente cercano. Lo macro y lo micro no son dimensiones separadas. Son capas de la misma realidad. La precariedad económica empuja a alguien a la orilla de la carretera. La normalización de la violencia permite que una joven desaparezca. Las grandes estructuras de poder, más cercanas a corporativos con bandera que a comunidades con nación, se expanden cuando ciertas vidas humanas pierden valor y cuando la intervención y la apropiación de territorios se disfrazan en el lenguaje de la “seguridad” o la “defensa de la democracia”.

 

Si todo está conectado, a veces parece que es un limbo. Vivimos suspendidos entre la indignación fugaz y la costumbre. Nos duele, compartimos, comentamos… y seguimos. También me pregunto qué hacemos con ese dolor. Cuando una mujer muere recogiendo botellas y su historia se pierde en el tráfico informativo; cuando una estudiante desaparece y su nombre corre el riesgo de convertirse en rumor; cuando las invasiones y guerras se narran como si fueran partidas de ajedrez… cuando estas cosas pasan, creo que algo profundo se ha roto. Tal vez el punto de conexión entre lo global y lo local no sea solo la violencia, sino la deshumanización.

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