Una extraña enemiga: El progreso sin brújula
Hace tiempo que el conocimiento ha dejado de ser emancipador
Por: Adriana Figueroa Muñoz Ledo, Visitas: 527
El filósofo francés Edgar Morin (quien actualmente tiene 104 años de edad) advirtió en buena parte de su obra que algunas de las amenazas más graves para la humanidad no nacen de la ignorancia, sino del conocimiento ciego e incontrolado [1]. Esta afirmación contraviene la bondad asociada al conocimiento científico como estandarte del progreso y el bienestar. Por supuesto, el conocimiento no es el problema en sí, sino su articulación con sistemas políticos, económicos y culturales que ponen por encima intereses desprovistos de responsabilidad colectiva.
Ejemplos, muchos. El caso paradigmático son las armas termonucleares, cuyo desarrollo fue posible gracias a los avances en física y matemáticas; no obstante, su creación y mejora continua ha respondido a lógicas geopolíticas de guerra y dominación. Aquí se observa que cuanto más conocimiento se tiene, mayor es la capacidad de destrucción. El avance científico en este rubro es tal que nos coloca frente a amenazas que no podemos controlar del todo.
Otro ejemplo se observa en el campo de las biotecnologías. La edición genética, por ejemplo, es una herramienta que promete sanar y erradicar las enfermedades, pero, lo sabemos, al no estar al alcance de toda la población, conlleva el gran riesgo de engrosar las brechas de desigualdad, sanando a las élites y conservando enfermas a los grupos en mayor condición de vulnerabilidad. Este tipo de conocimiento científico refueza las jerarquías y plantea nuevas formas de discriminación y limpieza social.
Algo similar ocurre en el campo de las tecnologías digitales. Las plataformas, la sofisticación de los algoritmos y la inteligencia artificial han modificado nuestras formas de comunicarnos, el trabajo y el acceso a la información, pero también han generado y eficientado nuevas formas de control y desigualdad. Sabemos que la acumulación masiva de datos pone en jaque nuestra privacidad, nuestra autonomía y nuestra capacidad de consentir sobre qué y cómo queremos que sea almacenado y utilizado. Por su parte, los algoritmos organizan la información con base en sesgos sociales, reforzando la polarización de ideas y la manipulación de la opinión pública. Si bien existen regulaciones al respecto, el avance tecnológico corre a un ritmo superior que la capacidad de normar sus consecuencias.
El caso más visible se observa en el ámbito ecológico. La idea de progreso sin límites ha incrementado la producción y el consumo a un ritmo tan acelerado que ni el planeta alcanza a reponerse, ni las poblaciones logran recuperarse de los efectos adversos. El cambio climático, por ejemplo, no es solo un asunto ecológico, sino social: quienes menos se benefician del desarrollo industrial, son quienes más padecen las temperaturas extremas.
Una ciencia que no dialoga con la política, con la cultura y con la responsabilidad social, produce conocimiento que aniquila. La ciencia necesita de una brújula para producir conocimiento liberador.
Fuentes:
[1] Morin, E., & Pakman, M. (2003). Introducción al pensamiento complejo (p. 167). Barcelona: gedisa.
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