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Nueve meses desde que inició el confinamiento se cumplirán este sábado - Foto: Especial

El camino de la vida: Contener la epidemia

Propone algunas ideas de estrategias para contener y combatir la pandemia de covid-19 provocada por el coronavirus SARS-CoV-2, luego de una novena de meses en distanciamiento físico

POR: J. Enrique Álvarez Alcántara, Visitas: 291

Publicado: 09/12/20 09:30

 

En esta precisa hora, día y lugar en el cual se cumple ya una decena de meses en distanciamiento físico, suspensión de actividades escolares y algunas de naturaleza económica, confinamiento sugerido, altibajos en los procesos de transmisión, morbilidad y mortalidad por la presencia del covid-19, sin haber sido controlada aún la epidemia y pandemia; en esta era en que hemos sido cimbrados por esta epidemia y pandemia que parece poner en tela de juicio nuestras creencias, valores, tradiciones, comportamientos, relaciones y proyecciones hacia el futuro, empero, por encima de ello, nuestra vida misma; en este prácticamente cierre del “año de la peste” considero oportuno (como un estímulo que alimente nuestro optimismo y esperanza y, además, ofrezca información verídica, objetiva y contrastable para propiciar la reflexión e ir más allá de la incertidumbre, la especulación, el miedo, pánico, ira, ansiedad, angustia, negación, violencia e irracionalidad) me propongo hacer un poco de historia sobre las estrategias y tácticas instrumentadas para afrontar, de la mejor manera posible, la presencia de las epidemias en la historia de la humanidad.

Ya hube escrito antes que el Dr. Francisco González-Crussí, en su Breve Historia de la Medicina (Quehacer científico y tecnológico, Universidad Veracruzana, 2010), para ilustrarnos un poco sobre la presencia de algunas enfermedades infecciosas, virales o bacterianas, que han azotado a la humanidad a lo largo del tiempo, dedica unos de sus capítulos a ello.

Antes que el propio Gonzáles-Crussí, en la Biblia Cristiana, en el Segundo libro de Moisés, Éxodo, capítulo siete, Señales de Moisés ante Faraón, se narran una serie de “plagas” o “azotes” que, a manera de “epidemias”, amenazan la existencia del Imperio egipcio. Primera plaga: el agua se vuelve sangre “17: Así ha dicho Jehová: en esto conocerás que yo soy Jehová. He aquí yo heriré con la vara que tengo en mi mano el agua que está en el río y se convertirá en sangre. 18: Y los peces que hay en el río morirán y hederá el rio y tendrán asco los egipcios de beber agua del río. 20: Y Moisés y Aarón hicieron como Jehová lo mandó; y alzando la vara hirió las aguas que había en el río, en presencia de Faraón y de sus siervos y todas las aguas que había en el río se convirtieron en sangre. 21: Asimismo los peces que había en el río murieron, y el río se corrompió, que los egipcios no podían beber de él. Y hubo sangre por toda la tierra de Egipto”.

El capítulo 8 del mismo libro narra la segunda plaga: las ranas; tercera plaga: los piojos; la cuarta plaga: las moscas y, el capítulo 9 describe la quinta plaga: muerte del ganado; sexta plaga: las úlceras; séptima plaga: el granizo; el capítulo 10 la octava plaga: las langostas y la novena plaga: las tinieblas.

Si tomamos en cuenta que este período histórico se ubica hacia el 1490 a.n.e, (según el calendario Gregoriano) podemos considerar que, independientemente del carácter religioso y dogmático que tienen estas narraciones, podemos considerar que las plagas epidémicas de la humanidad tienen una existencia histórica ancestral.

Por su lado, el Dr. González-Crussí da comienzo a el capítulo correspondiente, con la “Plaga de Atenas” (430-425 a.n.e.), que fue documentada por Tucídides. Este historiador, que por lo demás la presenció, reporta que murieron 300 mil atenienses, es decir, un tercio de la población: “Los enfermos presentaban fiebre elevada, hipo, vómito bilioso, úlceras intestinales y diarrea, a la que pronto sobrevenía la muerte”. Según González-Crussí, la “Epidemia de Atenas” se ha atribuido a la influenza, a paperas, al tifus, al Ébola, incluso, la peste bubónica ha sido considerada. Con cierto dejo de tristeza González-Crussí expresará: “Por desgracia para la medicina los antiguos griegos cremaban a sus cuerpos, por lo que no queda material arqueológico que pueda ayudar”.

Más recientemente, Psiquiatria.com. 2020 VOL 24, publicó una Breve historia de las pandemias, traducción y síntesis realizada por el médico chileno Rodrigo Leal Becker, a partir de: Huremović D, “Psychiatry of Pandemics: A Mental Health Response to Infection Outbreak”. En ésta comienza refiriendo que: “En una sucesión a lo largo de la historia, los brotes pandémicos han diezmado sociedades, determinando resultados similares a las guerras, borrando poblaciones enteras, pero también, paradójicamente, despejando el camino para innovaciones y avances en ciencia (incluyendo medicina y salud pública), economía y política. Brotes pandémicos han sido examinados de cerca por los lentes de los historiadores, incluyendo la historia de la medicina. En la era de las modernas humanidades, sin embargo, poca atención ha sido dada al estudio de cómo afectan al individuo y a su grupo psicosocial”.

Esta afirmación es incontestable, por ello debemos considerar que las pandemias y epidemias nos han acompañado y nos seguirán acompañando a lo largo de la existencia humana.

En este momento de la historia, el conocimiento de los mecanismos de trasmisión, distribución, comportamiento, prevención y atención de las enfermedades derivadas de la presencia de agentes virales o bacterianos nos permiten enfrentar con muchos mejores recursos este tipo de eventos.

Si bien es cierto que debemos procurar no caer en la ansiedad, angustia, desesperación, ni en una desesperanza o indefensión aprendidas, sí debemos recuperar las experiencias de promoción de las estrategias de prevención, de la propagación del agente causal de esta enfermedad y de los recursos con los cuales pueden enfrentarse; entre ellos la promoción y estímulo para la investigación científica que permita la producción de vacunas y medicamentos que permitan prevenir y atender la enfermedad.

Como puede observarse a lo largo de la historia, todos los procesos epidemiológicos tienen un inicio, un ascenso, una meseta y un descenso; es responsabilidad del Estado y las autoridades sanitarias brindar la información suficiente y necesaria, así como instrumentar las acciones de política pública pertinentes para enfrentar satisfactoriamente esta coyuntura.

Es necesario resaltar el hecho de que la organización de la sociedad ha permeado inevitablemente esta serie de sucesos. Desde sus orígenes más remotos, la presencia de las epidemias ha acarreado una serie de consecuencias de naturaleza económica, cultural, religiosa, política y, no puedo obviarlo, psicológica. Asimismo, se ha mostrado durante la presencia de éstas, un conjunto de actitudes, reacciones y comportamientos individuales y colectivos que pueden permitirnos atisbar, a través de éstas, cómo se ha intentado explicar, comprender y enfrentar estas “pestes”.

No tengo la menor duda de que las “explicaciones” causales de estos eventos encuentran como punto de partida atribuciones mágicas, míticas o demoníacas; en virtud de ello, las estrategias de afrontamiento implicaron, originariamente, a brujos, magos, chamanes, sacerdotes u otra clase de personajes envueltos en un manto idealista y mágico.

Hacia el medievo sin haber desaparecido tales “explicaciones”, fueron agregándose a éstas las ideas, mucho mejor articuladas, de las religiones monoteístas (cristianismo, islamismo o judaísmo) que imprimieron, además, una serie de juicios morales que pretendían regular el comportamiento de los seres humanos bajo tales criterios deontológicos.

Bajo estos supuestos, además de permanecer las explicaciones idealistas, se agregaron juicios de valor que marcaron muy claramente comportamientos colectivos que se mostraron a través de la estigmatización, exclusión, marginación y “encierro” o aislamiento de los “contagiados” en lugares lejanos al resto de las colectividades supuestamente “sanas” y “moralmente intachables”.

Hoy somos testigos de que muchos de quienes sugieren que hasta ahora las autoridades encargadas de contener y erradicar el COVID-19, hasta donde sea posible, no solo no lo han logrado sino que son responsables directos del estado en que se encuentra la nación; proponen por ello, como mejor estrategia de afrontamiento, procedimientos y mecanismos de “identificación” de quienes ya dan un resultado positivo, “seguimiento de redes de relaciones” con los primeros, “aislamiento” de las personas identificadas como portadoras y sus “redes de relaciones” (probables portadores), además del mantenimiento de las acciones de prevención (distanciamiento físico y uso obligatorio de cubrebocas o mascarillas).

Ya desde antes de la misma edad media se crearon lugares de “reclusión”, “encierro” y “distanciamiento” para quienes quedaron marcados por la enfermedad, las secuelas y el estigma, como fenómenos psicosociales; asimismo, como no podían quedar en el limbo sociolingüístico, aparecieron sucesivamente conceptos, categorías o términos que les definieran y encuadraran en lugares culturales, morales, políticos y sociales manejables. De esta manera, una cultura del “vigilar y castigar”, una actitud del “control” (Foucault dixit) fue emergiendo como mecanismo de gobierno, coerción y represión a lo que no era “normal”, rayase en la patología, o no, y una tradición individualista de la delación se tornó en instrumento natural de demarcación, diferenciación o separación y divorcio de los “unos” y los “otros”.

Los leprosarios, cárceles, hospitales para sifilíticos, hospitales psiquiátricos, hospitales para tuberculosos, ghetos, sistemas de apartheid, encuentran sus fundamentos y justificación en estos supuestos; términos tales como leproso, tuberculoso, sifilítico, sarnoso, loco, etc., más que para diagnosticar a un ser humano, adquieren el carácter de estigma y motivo de exclusión y, de ser así asumido, reclusión.

Ergo, actitudes y sentimientos o emociones de ansiedad, angustia, desesperanza, miedo, ira, pánico, terror, desprecio, entre otras expresiones psicológicas individuales o colectivas se enraízan dentro de las colectividades, de modo tal que además de las enfermedades epidémicas, pandémicas o endémicas ahora demonizadas, aparecen eventos psicológicos de carácter individual y colectivo que dañan a la misma sociedad, tanto o más que las propias enfermedades.

Ahora que enfrentamos la era del SARS por CoV-2, además de observar lo que en el párrafo precedente expresé, se adiciona, por la dinámica del desarrollo científico-técnico y la era de la internet y las comunicaciones electrónicas, la “otra pandemia”, que algunos denominan infodemia, la del exceso de información contradictoria y muchas veces infundada, que confunde y genera duda, incredulidad, incertidumbre, ira, miedo, pánico o terror, angustia, ansiedad y desesperación, además de una disolución insensible del espíritu colectivo y solidario, tornándonos, también imperceptiblemente, en ”vigilantes” de los otros y en sus jueces, por no decir verdugos.

Y, no se puede obviar, esta ola pandémica desnudó las consecuencias inmisericordes de un Capitalismo Neoliberal y depredador, en esta fase Imperialista, que, más que el propio Coronavirus, devastó los sistemas de salud de la gran mayoría de los países del mundo y es este uno de los problemas mayúsculos de un evento inesperado. Al haber privatizado los sistemas estatales de salud, una pandemia de consecuencias menos desastrosas que otras que le antecedieron, por su mortalidad y letalidad, al conjuntarse con esta miserable y pobre infraestructura, la rebasó y no ha podido aún afrontar exitosamente la problemática.

Ya decía que los Estados y organismos multilaterales nos han ofrecido como estrategia de afrontamiento crucial el aislamiento dentro de lo privado para evitar que la tasa y frecuencia de contagios, dentro de lo público, terminen con los sistemas de salud ahogados con la suficiente cantidad de enfermos que no han podido preservar su salud y su vida.

Bajo este panorama, tampoco cabe la duda de ello, es esta la estrategia más clara y efectiva para evitar contagios en proporciones tales que ya abaten y colapsan los sistemas sanitarios, de por sí frágiles, e incrementan la mortalidad, letalidad y, paradójica e indeseablemente, aparecen “efectos secundarios” de naturaleza económica, política, psicosocial o cultural que nos colocan de frente a otra calamidad.

Llega la vacuna, y nunca falta, los artesanos de la búsqueda sin término de un problema para cada solución, se esparcen como hongos en temporada, para especular sobre lo que pudiera suceder sin sabe qué acaecerá.