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Distintos aspectos de la marcha por el 8 de marzo en Cuernavaca - Foto: Jaime Luis Brito

La sororidad se hizo caminar colectiva

Miles de mujeres tomaron las calles de Cuernavaca superando diferencias de edades, visiones y condiciones sociales; con su dolor, su miedo, su rabia, su impotencia y su historia a cuestas

POR: Jaime Luis Brito, Visitas: 2708

Publicado: 08/03/20 09:08

 

“El Estado represor es un macho violador”, fue uno de los clamores de la marcha de esta tarde, que, por sus dimensiones, la mezcla de rostros, edades y condiciones sociales, por la mezcla de dolores, fue histórica: las mujeres que participaron desde hace décadas se combinaron con las jovencitas que apenas rebasan la adolescencia. El grito fue el mismo: “Ni una más”.

La convocatoria la hicieron una nueva generación de mujeres que se asumen como feministas. Desde la Glorieta de Tlaltenango, no en la de Buena Vista, como históricamente, tampoco en la Iglesia del Calvario. “¿Una iglesia?, ¿cómo por qué? Si son parte del Patriarcado, su principal promotor y opresor de las mujeres”, dice una joven de ojos claros con el rostro envuelto en su suéter.

La hora fue inclemente. La hora de la comida con un sol que tostó las pieles a lo largo de las dos horas de caminata de un largo contingente que rebasó las cinco mil mujeres, quienes marcharon en paz, con una organización perfecta. Incluso, el respeto por los compañeros y compañeras de la prensa fue absoluto.

Alrededor de las 2 de la tarde, el contingente ya rebasaba las mil 500 cuando salieron de la famosa glorieta. Caminaron por Emiliano Zapata y poco a poco otras mujeres fueron sumándose al grito. Primero, las familias de las víctimas de feminicidio y desaparición. Las cartulinas muestran tanta creatividad como tristeza, rabia, impotencia porque no hay justicia.

Discretamente, algunos padres, novios, hermanos, deciden marchar fuera del contingente. Otros más se suman al final del contingente que parece interminable. Discretos porque hoy, al menos este 8 de marzo de la Primavera adelantada de las mujeres, ellas son las protagonistas, las organizadoras, las que dirigen las consignas, las que levantan el puño para guardar silencio, las que mientan madres, porque “nos están matando”.

Como ocurre en Ciudad de México, en Santiago, en Buenos Aires o en cualquier otra ciudad del mundo, las mujeres decidieron que ya es tiempo, ya basta de permitir que las muertes o las desapariciones continúen impunes. Por eso, una veintena de jovencitas, casi niñas, decidieron ocultar su rostro y hacer de las paredes sus lienzos para la protesta.

“Mi cuerpo no es de consumo”, “Ni una más”, “El machismo mata”, son sólo algunas de las consignas que decoran paredes, puertas, edificios públicos. El reportero quiere capturar el momento, es la protesta, así lo hicieron las anteriores generaciones y así lo recuperan ellas: “Que arda todo”, porque no es día de fiesta, es día de furia, de rabia contenida durante milenios.

Sólo algunas personas, mayores por supuesto, se espantan frente a la rebeldía furiosa traducida en violencia. “No estoy de acuerdo con eso”, espeta una mujer ya mayor que ha olvidado su propia historia de rebeldía y hoy se pliega a los mandatos del Presidente, ese mismo que ha dado permiso de manifestarse, “pero sin rayar las paredes”. Se escandalizan porque no soportan la pared que grita frente a su silencio cínico ante a los feminicidios.

Reprocha al reportero cubrir las acciones de un grupo de jovencitas que lanzan objetos contra Palacio de Gobierno y hasta una botella encendida. Amenaza con ya no leer nada. Ni hablar, con el paso del tiempo la memoria se hace corta y se olvida la rebeldía propia, o quizás nunca existió, sólo se fingió desde la comodidad que da vivir con holgura. Radical Rupa o Fifí de closet.

Detrás de las víctimas van las estudiantes de distintas escuelas y casas de estudios, hoy todas uniformadas por los colores morado y verde. El uno como forma de simbolizar el rechazo a la violencia, el otro como recuerdo de que la izquierda que parece derecha y gobierna, es incapaz de sentir rubor ante el feminicidio, pero sí lo siente ante el aborto. “Lo vamos a consultar”, dice el presidente, temeroso de que sus amigos que conducen iglesias, se enfaden y retiren el apoyo.

Son miles. A contracorriente de lo que esperaban los aplaudidores de oficio del nuevo oficialismo, incapaces de cuestionar al tlatoani, en la marcha no hubo partidos, ni figuras políticas “relevantes”. Fueron mujeres. Con su dolor, su miedo, su rabia y su historia a cuestas. Las manos llenas. Unas con una cacerola y un cucharon, otras con una cartulina que leyendas convertidas en dardos directos a la conciencia, otras con una jarana, unas con banderas, otras con pintura roja para no olvidar la sangre tan abaratada hoy en día.

Luego el zócalo. La Plaza de Armas que hoy se convirtió en el aquelarre del encuentro. La lectura del posicionamiento político: justicia, cumplimiento, trabajo, acción. “!Cuauhtémoc, guevón, búscalas cabrón!”. “Ni una más”. Las víctimas, las miles de víctimas que se multiplican sin parar, como si fuera un industria, de esas que produce el Patriarcado que por cierto, “no va a caer, lo vamos a tirar”. Porque, además, “es tiempo abortar, es tiempo de abortar el sistema patriarcal”.

Luego llegó una generación anterior a la actual con un ataúd, para hacer evidente el elefante blanco que vive en nuestras casas. La muerte está ahí y parece que no hay Estado que quiera evitarla, más bien al contrario, la promueve. Los bordados para recordar a las víctimas están ahí, adornando y recordando.

Esta tarde, las mujeres dieron una muestra de que están dispuestas a superar las diferencias porque “si matan a una, respondemos todas”. Esta vez, la sororidad, esa palabra que cada día ocupa más diálogos, se hizo “caminar colectiva” simbólico. Las mujeres viajaron de la loma que era Tlaltenango hacia el centro, para demostrar que la resistencia está viva y que están dispuestas a regresar siempre que la justicia no se siente a nuestro lado.