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El infierno visto por Sandro Botticelli (1480-1495) - Foto: Especial

Postmodernidades: Claroscuros de la filantropía

Habla sobre los cuatro personajes típicos de la filantropía que más detesta: los mirreyes, aquellos "almas que compran su capital intelectual en los estantes de libros de Sanborns o Vips", los heraldos de la moralidad y los tibios

POR: Xalbador García, Visitas: 199

Publicado: 03/09/19 02:06

 

Cuando se está enamorado de los libros es muy fácil que las personas nos caigan mal. Posiblemente los escritores y humanistas sean los tipos más misántropos de la sociedad. Por supuesto, la hijoeputez (Fernando Vallejo dixit) no reconoce monopolios y la gente odiosa pulula en diversos ámbitos, sobre todo en las presidencias de las organizaciones de derechos humanos.

A mí hay personas que me caen gordas desde el primer segundo. Ni siquiera han hablado y ya me provocan ganas de vomitar y darles unos buenos chingadazos. Hay paradigmas que se repiten en esos individuos que hacen sacar mis demonios internos. El primero de ellos, son los mirreyes. Esa mezcla de estupidez, incultura, galantería de balneario, mal gusto y camisas abiertas hasta el cuarto botón hacen que dude sobre la teoría de la Evolución de Darwin. Desconozco cuándo la ignorancia se volvió muestra de éxito. Los mirreyes llevan hasta casos escandalosos la filosofía Forrest Gump: entre más idiota seas, mejor te irá en la vida.

En el mismo nivel están las almas que compran su capital intelectual en los estantes de libros de Sanborns o Vips. Inician cualquier plática subrayando los últimos títulos que leyeron, entre los que se encuentran Jorge Volpi, Tolkien o Roberto Bolaño. Al mirar mi cara de hastío, de inmediato intentan recular. Bueno es que yo hago una lectura dostoievskiana de estas obras, dicen como para aminorar la vergüenza. Inmediatamente después apuntalan su comentario con una frase de Robert Musil leída en citasfamosas.com.

Una rara especie son los heraldos de la moralidad. No se crea que son las personas que cada domingo van a misa, leen a Ciro Gómez Leyva, creen que Peña era un buen presidente y defienden pederastas. No, los heraldos de la moralidad son aquellos seres que mantienen un romance con las corrientes de izquierda, hablan de la bondad entre los seres humanos, adoran la ecología, compran a crédito sus muebles en Palacio de Hierro y dicen defender a cualquiera que padezca una desgracia, porque ellos luchan por el honor, la justica y las ideas progresistas. Caen gordos de tan buenos y bonitos. Son los primeros que te agarran a patines cuando te ven caído.

Sin embargo, a quienes más detesto son a los tibios. Perversos, cobardes y, sobre todo, traidores como el que más. ¿Recuerdan quiénes están en el último círculo del infierno según Dante? Los tibios son difíciles de reconocer. De principio no te caen mal porque sus opiniones están basadas en la falta de posicionamiento. La medianía es su sino. Por tanto, no se puede odiar a una piedra. Es probable que no estemos enterados de que el tibio exista hasta que sintamos la cuchillada en la espalda, porque a los tibios lo que les mueve es la envida.

Ya lo dijo Paz: “El combustible nacional: la envidia, el resentimiento. Es la pasión que gobierna en nuestra época a la clase intelectual, sobre todo en nuestros países. En México es una dolencia crónica y sus efectos han sido terribles. Es una cólera sorda y callada que a veces asoma en ciertas miradas –una luz furtiva, amarillenta, metálica. En ciertos momentos y algunas personas alcanza un encono difícilmente creíble”. ¿Cómo reconocer a un tibio? Son aquellos que twittean o publican en redes sociales miles estupideces chingando gente, instituciones o eventos, pero que en persona te saludan con un abrazo.