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Niños ferales, grabado encontrado en internet - Foto: Especial

El camino de la vida: Los ferales/II

En el segundo de la serie, con el tema de los niños ferales, abandonados y autismo; niños que fueron “abandonados” y crecieron en ambientes distintos; aborda justamente estas historias

POR: J. Enrique Álvarez Alcántara, Visitas: 111

Publicado: 20/09/21 09:34

 

Notas sobre los “Niños Ferales” o abandonados. Ahora bien, siguiendo con nuestra reflexión, mucho tiempo antes de que hubieran podido elaborarse modelos comprensivos y explicativos sobre el autismo, cualesquiera que estos fuesen; más allá de la construcción de teorías explícitas, estructuradas y fundamentadas, era patente la presencia y reconocimiento de «niños salvajes» o «ferales» u «Homo Sapiens Ferus» o, en otro ámbito de descripción, “extraños” o que sobrevivieron a varios años de cautiverio o abandono.

Para evidenciar lo antedicho bástenos referir al naturalista Carl Von Linneo, quien hubiese descrito en 1758, en su Systema Naturae, a los seres ferales o salvajes, basándose en 9 niños abandonados que sobrevivieron en la selva; Linneo describió a estos seres como “hirsutos”, “tetrapos” y mudos; por esta razón clasificó dentro del cuadro general de su taxonomía a estos seres como miembros del grupo de los «Homo Sapiens Ferus», perteneciente a la Hominidae.

Todavía más, varios siglos atrás, la mitología latina, en la leyenda de Rómulo y Remo, refiere que estos fueron amamantados por una loba, dibujando nítidamente el asunto del cuidado por lobas de niños que fueron separados de sus familias humanas, prácticamente desde el nacimiento, pero que en vez de ser autistas eran seres “diferentes” a los humanos.

Es destacable el hecho de que los casos mejor conocidos, documentados y analizados proceden de este período «pre-científico» y, en tratándose de este asunto, encontramos particularmente aquéllos casos conocidos como: Víctor, «El niño Salvaje del Aveyron» y Kaspar Hauser. Posteriormente se agregaría el caso conocido de Genie Wiley.

Conviene precisar el hecho de que mientras el primero fue encontrado en el bosque y hubo sido cuidado por lobos, el segundo y la tercera estuvieron encerrados en un cuarto los primeros años de su vida sin algún contacto social importante en su existencia psicológica y sin vínculo afectivo con algún animal. Asimismo, mientras al primero se le trató de educar sistemática y organizadamente por un profesional de la educación (Jean Marc Gaspard Marie de Itard), al segundo se le entregó a una familia que trató de apoyarlo hasta su muerte casi inexorable; por lado, la tercera ffue recatada de dicho encierro hasta casi cumplidos once años. Finalmente, mientras que sobre el primero existe un diario sistemático sobre su desarrollo psicológico a partir de que se le trató de educar, sobre el segundo se tiene la información narrativa del hecho, no en sentido educativo o terapéutico y, sobre la tercera se tiene documentada la estrategia terapéutica.

Por otro lado, ya entrados en el siglo XX, el reporte del misionero J.A.L. Singh, en el año de 1920, en la India, confirma la existencia de tales menores; en su diaurio Singh refiere el hecho de que encontrándose a las afueras de Midnapore fue informado de que había un fantasma en el bosque, ahora bien, cuando Singh fue a investigar lo que ocurría, descubrió a dos niñas desnutridas y «salvajes» en la madriguera de unos lobos; observó que la madre loba defendía, como si fueran sus cachorros, a las dos niñas que eran las hermanas Kamala y Amala.

No cabe duda alguna que los casos referidos en los párrafos precedentes han ocupado espacios significativos dentro de las descripciones más detalladas y completas que se conocen y que se han difundido por medios bibliográficos, hemerográficos y cinematográficos.

El descubrimiento de estos menores llevó a una discusión sobre cuestiones que en esa época parecían relevantes y que hasta nuestro siglo siguen asaltando a investigadores, profesionales de los campos de la clínica neuropsicológica o psiquiátrica, del campo de la educación, familiares de tales menores y, desde luego, literatos, novelistas y cineastas.

Los «niños ferales» han sido descritos, a través de la historia, desde el siglo V a.n.e. y la referencia a los mismos llega hasta una noticia aparecida en un periódico oficial chino, en 1990, para anunciar la búsqueda científica del “hombre salvaje” en dicho país. Más aún, Eva Hornung (2010), escribe una novela a partir de un menor que en Rusia vivió dos años con una manada de perros callejeros, se trata del caso de Iván Mishukov, y el libro se intitula El niño perro.

Hasta el año de 1961 – media centuria atrás--, se reportaban 54 casos conocidos, aparentemente bien documentados, por Alberto L Merani.

Según los reportes existentes, los niños salvajes, una vez capturados o encontrados en los bosques, mostraron insensibilidad al frío y al calor y una visión nocturna total, con un olfato superior al humano. Imitaban sonidos de animales y aves y preferían la compañía de los animales domésticos a la de los humanos; no hablaban y no establecían relaciones adecuadas con sus semejantes.

De manera similar, los menores hallados en encierro total y absoluto, sin algún contacto con otros seres humanos no establecían relaciones adecuadas con otros seres humanos o con los objetos sociales, ni establecían relaciones comunicativas con los otros.

Ambos (los menores hallados en bosques y cuidados por animales, y los que mantuvieron en encierro prolongado sin contacto afectivo y cognitivo humano) parecían, pese a sus notables diferencias, algo así como seres extraídos psicológicamente de nuestro mundo social y arrojados al mismo mundo social, pero comportándose como si fueran ajenos a dicho mundo y éste, a su vez, les fuese ajeno.

Ante esta circunstancia (la presencia “misteriosa” de estos seres humanos que hubieran parecido detener su proceso evolutivo por alguna razón no conocida con claridad y certidumbre) se elaboraron presupuestos y “explicaciones” sin sustento sólido en un sentido científico, que debutaron y se desarrollaron junto con tales menores.

Elaboraciones conceptuales de carácter mágico, mítico y místico de diversa naturaleza emergieron. Asimismo, actitudes de diferente talante se manifestaron, de modo tal que a tales menores o se les repudiaba por ser emisarios del mal, o se les adoraba como «idiotas sagrados o benditos».

Posteriormente se tornó más complejo el panorama, pues no sólo este tipo de niños fue encontrado; entre los menores hallados en encierro o en sus casas, abandonados, aislados y solitarios, se encontraron con que además de las serias y profundas dificultades para establecer relaciones sociales y comunicativas adecuadas, algunos de ellos, no pocos, poseían, además de los rasgos antes señalados, extraordinarias habilidades para realizar ciertas tareas que exigen competencias cognitivas, también extraordinarias. Asimismo, podían, sin dificultad alguna hablar.

Pareciera ser que ciertos dominios de su actividad resaltaban por su carácter extraordinario y excepcional, mientras otros dominios permanecían literalmente desarticulados, hipotrofiados o inexistentes. Entre las competencias que maravillaron a los observadores podemos referir las impresionantes y prodigiosas memorias para datos y procesos lógicos, habilidades perceptivas excepcionales, habilidades sorprendentes para realizar tareas diversas simultáneamente; es decir, que no obstante ello, a su vez, estos mismos personajes adolecían de un profundo deterioro de las restantes competencias que le definen como totalidad individual. Eran en realidad seres escindidos en dominios funcionales sin coherencia estructural unitaria. A estos menores se les conoció a lo largo de la historia como «Savants Autistic» o «Savants Idiots».

No faltaron apreciaciones, ciertamente menores, que se propusieron dilucidar la naturaleza y carácter de esta condición de los niños desde un lugar más sólido y plausible.

Colocados en este sitio se propusieron construir modelos explicativos y comprensivos de tal fenomenología y, para comenzar, se plantearon las siguientes interrogantes:

¿A qué se debe la existencia de menores con las características documentadas de inhabilidad para la comunicación y ausencia del lenguaje articulado (mudos), inhabilidad para establecer relaciones sociales (hirsutos) y cognitivas importantes?

¿Estos niños fueron abandonados por haber nacido con algún problema que determinaba sus limitaciones para establecer relaciones sociales (hirsutos) y cognitivas importantes?

O, a la inversa, ¿Acaso eran el resultado más evidente de la carencia de relaciones sociales adecuadas desde los primeros momentos de vida extrauterina o por la ausencia total de vínculos socioculturales?

Planteado en otros términos, ¿Fueron abandonados por haber nacido así o, más bien, quedaron así por haber sido abandonados?

Por otro lado, ¿Las personas que no fueron abandonadas ni encontradas en el bosque, que hubieron vivido participando de la organización y dinámica familiares y que presentan rasgos similares a los descritos pudieran incluirse en este grupo de individuos?

Pese a todo lo que he expuesto hasta este momento, desde principios del siglo XIX no dejaba de reconocerse la importancia de abordar científicamente esta cuestión, y de hacerlo no únicamente en un sentido literario o narrativo; sino en un sentido fundamentalmente clínico, educativo y teórico.

Para evidenciar lo antedicho veamos el siguiente texto del siglo XIX, particularmente de la década que comprende los años de 1800 a 1810:

«Hablaros del Salvaje de L’Aveyron es repetir un nombre que ahora no inspira ninguna clase de interés, es recordar a un ser olvidado por aquéllos que solamente lo vieron; (...es, en fin...), un ser desdeñado por los que creyeron juzgarlo. Yo, que me he entregado hasta el presente a observarlo y prodigarle mis cuidados, con completa indiferencia de los unos y el desdén de los otros, apuntalado por cinco años de observaciones diarias, daré a vuestra excelencia el informe que espera de mí, le relataré lo que he visto y lo que hice; expondré el estado actual de este joven, los caminos largos y difíciles por los que fue conducido, y los obstáculos que franqueó, como los que no pudo superar»

Más adelante, prosigue el autor del primer párrafo,

«...Si todos estos detalles, Monseñor, os parecen poco dignos de vuestra atención, y muy por encima de la idea favorable que habéis concebido, vuestra Excelencia querrá tener a bien, para mi excusa, de quedar íntimamente persuadido que sin la orden formal que de ella recibí, me hubiera encerrado en un profundo silencio y condenado a un eterno olvido los trabajos cuyos resultados ofrecen mucho menos la historia de los progresos del alumno que de los fracasos del instituto.»

Para finalizar estas ideas, agregará:

«Pero juzgándome yo mismo con imparcialidad, creo, no obstante, que haciendo abstracción del fin al que tendía en la tarea que voluntariamente me impuse, y considerando esta empresa desde un punto de vista más general, no dejaréis de ver sin satisfacción, Monseñor, en las diversas experiencias que intenté, en las numerosas observaciones que recogí, una colección de hechos adecuados para aclarar la historia de la filosofía médica, el estudio del hombre incivilizado y la dirección de algunas educaciones particulares»

A partir de ese momento (el debut del siglo XIX), pero muy notoriamente durante la segunda mitad del siglo XX, la abundante y creciente producción editorial y hemerográfica sobre tal cuestión permitió testimoniar que esta temática era pertinente, relevante y vigente en muchos sentidos.

Es importante destacar, asimismo, el hecho de que –tal vez con cierta dosis de cautela y precaución; empero, sin temor a errar supinamente—sea posible considerar que en esa misma época, con la obra pedagógica de Jean Itard, hallamos los preludios de lo que posteriormente se conoció como la educación especial (Merani, A., 1977) y, todavía más, que ésta deriva, desde sus orígenes, de la atención educativa de un menor con un trastorno que hoy es considerado por varios investigadores como «Autismo».

Desde ese particular momento y hasta antes de que Leo Kanner y Hans Asperger describieran el Autismo como un síndrome específico de la infancia y diferenciado de otros síndromes, en los años de 1943 y 1944, respectivamente, poco era el interés y el conocimiento científico que se tenía sobre el mismo

Una ceguera intelectual y una sordera epistemológica impedían el reconocimiento de un evento de tal naturaleza; para la conciencia de los filósofos, educadores y médicos de las épocas precedentes a Kanner y Asperger esta realidad era inexistente, carecía de interés o se ocultaba tras las categorías míticas de la época; entre estas podemos referir: Alienación, locura, idiocia o imbecilidad congénita constitutiva.

Pareciera como si --siguiendo el análisis que realiza Stefan Zweig en su ensayo: La Curación por el Espíritu— quienes se abocan a tratar de confeccionar teorías explicativas plausibles y verosímiles con respecto a las afecciones que hacen padecer a los mismos humanos hubieran transitado desde la atribución de la alteración a la “influencia de los dioses o demonios” y la recurrencia a los sacerdotes, brujos o magos para una curación; hasta llegar a una propuesta despatologizante y educativa con el propósito de afrontar esta fenomenología; habiendo pasado por la elaboración de ungüentos y brebajes o elíxires y por el desarrollo de los métodos de carácter «psicoterapéutico especulativo».

Uta Frith, en su libro clásico Autismo. Hacia una explicación del enigma, presenta algunos ejemplos de personas que es posible que mostraran diversas formas de autismo, entre ellos, además de los aquí referidos, hallamos los casos de Genie Wiley y el de Fray Junípero, de las Florecillas de Francisco de Asís.

Según refiere Lorna Wing en su texto El autismo en niños y adultos, el caso de Fray Junípero es sumamente elocuente, pues:

«Cuenta un incidente cuando estaba haciendo una peregrinación. Los habitantes de Roma salieron a recibirle, pero él no se percató. Le llamó la atención un columpio y siguió columpiándose hasta mucho después de que la multitud atónita se hubo ido. Las historias sobre él ilustran esta total incapacidad para comprender las situaciones sociales y los sentimientos de afecto, unida a la exasperación que producía en los demás frailes».

No podemos omitir aquí el hecho de que la presencia de menores que hubieron sido mantenidos en aislamiento o confinamiento extremo y prolongado y que al ser hallados mostraban comportamientos similares a los descritos anteriormente no dejó de llamar la atención en diversos ámbitos de la práctica de diversas profesiones.

Sobre Kaspar Hauser, por ejemplo, Anselmo Von Feuerbach, quien ejercía la abogacía, expresó en sus memorias:

«El delito contra el alma es separar a un hombre de los otros seres racionales y de la naturaleza, dificultar su acceso a un destino humano y privarle de alimentos espirituales. Es el más criminal de los atentados puesto que va dirigido contra el patrimonio más auténtico del hombre, su libertad y su vocación espiritual».

Esta idea de A. Von Feuerbach devuelve a su naturaleza eminentemente social y cultural, educativa, la intervención específicamente humana en el proceso de humanización que se sobrepone al proceso de hominización.