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El Camino de la Vida: Metáforas Poéticas desde la Medicina

El autor ha abordado el uso de las metáforas en el análisis político y la historia de la medicina; ahora presenta la experiencia clínica para la construcción literaria, particularmente, la poesía

POR: J. Enrique Alvarez Alcántara, Visitas: 101

Publicado: 31/08/21 08:07

 

“¿Qué es al amor (Ishaq)? Dijo él: Locura y sumisión, y es una enfermedad que padece la gente refinada”.

Al-Marrubani

 

“Oh mi Dios, oblígala a que me ame y me valore… Cuando te rezo (en dirección a La Meca) volteo mi rostro hacia el lugar donde ella se encuentra aunque la dirección sagrada sea la opuesta. No lo hago por politeísmo sino porque mi enfermedad de amor no ha podido curarla mi doctor”.

Poeta árabe-español del siglo X

 

Amables lectores que siguen en Masiosare.org la columna El camino de la vida; como podrán recordar he venido escribiendo y publicando, en las tres últimas colaboraciones, unos breves ensayos sobre la utilización de las metáforas tanto en el análisis político y en la historia de la medicina. Ahora me propongo presentar a ustedes el proceso inverso, la utilización de la experiencia clínica y médica para la construcción literaria, en este caso particular, la poesía.

Hace ya poco más de treinta años, siendo aún docente de la Facultad de Psicología de la Universidad Autónoma del Estado de Morelos (UAEM) organizamos sendos congresos internacionales a propósito del cumplimiento del décimo aniversario de la muerte del insigne epistemólogo suizo Jean Piaget (1990), del aniversario trigésimo de la muerte del Psicólogo Francés Henri Wallon (1992) y del centenario del nacimiento del Psicólogo soviético Lev S Vigotski (1996); debo señalar que la enorme mayoría de los invitados a impartir conferencias magistrales eran personajes destacadas dentro de los campos de la psicología y neuropsicología, de diversas naciones del orbe, con una reconocida trascendencia de lo que para algunos es la Piscología de orientación cognitiva o de la Neuropsicología.

Pese a no ser objeto de la exposición que haré en esta colaboración —la Psicología o Neuropsicología—, deseo reconocer que entre los invitados tuve el placer de tratar con el Dr. Mario Carretero. Éste, durante una visita que realizamos a la Librería Gandhi, en la hoy Ciudad de México, compró para obsequiarme el libro El Collar de la Paloma, del Poeta Andalusí, Ibn Hazm de Córdoba (o Ibn Hazm AL-Andalusí); ello se debía al hecho de que muchos de mis alumnos le comentaron que era yo un amante empedernido de la poesía.

Fue en este libro donde fui encontrando, progresivamente, esta visión entre altamente religiosa (bajo las enseñanzas del Corán), filosófica (a partir de Ibn Al-Arabi) y médica (bajo las enseñanzas de Ibn Sina (Avicena) con respecto al Amor Sagrado (Udrí o Bagdalí) y el Amor Profano (carnal). Asimismo, fue en este libro donde pude hallar una poesía que para ese entonces desconocía plenamente,

Posteriormente, gracias a mi relación con el Psicólogo Luis Jorge Sosa –quien por cierto fue la persona que me introdujo e invitó a profundizar en la trascendencia de las óperas—tuve acceso al enorme ensayo de nuestro Premio Nobel de Literatura Octavio Paz, La llama doble, libro donde confirmé mi apreciación por esta temática y su relación con la poesía.

Por esa misma época accedí a un libro escrito por el español Ramón Mujica Pinilla intitulado El Collar de la paloma del alma, dedicado a estos mismos asuntos.

No quiero agotarlos con esta serie de datos bibliográficos y anecdóticos, por ello entraré al asunto que trato de compartir con ustedes.

Según refiere Octavio Paz, en La llama doble:

“El furor amoroso de Simetha parece inspirado por Pan, el Dios sexual de pezuñas de macho cabrío, cuya carrera hace temblar al bosque y cuyo hálito sacude los follajes y provoca el delirio de las hembras. Sexualidad pura. Pero una vez cumplido el rito, Simetha se calma como, bajo la influencia de la luna, se calma el oleaje y se aquieta el viento en la arboleda. Entonces se confía a Selene como a una Madre. Su historia es simple. Por su relato adivinamos que es una muchacha libre y de condición modesta (aunque no tanto: tiene una sirvienta); vive sola (habla de sus amigas y vecinas, no de su familia); tal vez, para mantenerse, desempeña algún oficio. Es una persona del común, una mujer joven como hay miles y miles en todas las ciudades del mundo, desde que en el mundo hay ciudades: Simetha hoy podría vivir en Nueva York, Buenos Aires o Praga. Un día unas vecinas la invitan a la procesión de Artemisa. Coqueta, se viste con su traje mejor y cubre sus espaldas con un chal de lino que le presta una amiga. Encuentra entre la multitud a dos jóvenes que vienen de la palestra, barbirrubios y de torso soleado y reluciente. Coup de foudre: --Yo vi…--, dice Simetha, pero no dice a quién. ¿Para qué? Vio a la realidad misma en un cuerpo y un nombre: Delfis. Turbada regresa a su casa de una idea fija. Pasan días y días de fiebre e insomnio. Simetha consulta con magos y brujas, como ahora consultamos a los psiquiatras y, como nosotros, sin resultado alguno sufre

… la dolencia

de amor que no se cura,

sino con la presencia y la figura”.

Es elocuente aquí la presencia de la metáfora que presenta una idea sobre el amor, al relacionarlo con una dolencia, con la fiebre, el insomnio y el deseo.

Por su lado, Ramón Mujica Pinilla expresa de un modo bastante transparente:

“Tradicionalmente, tanto en Persia como en España, las cuatro cuerdas de la lira árabe corresponden a los cuatro humores del cuerpo: ‘la primera cuerda era amarilla, simbolizando la bilis amarilla; la segunda cuerda era roja, simbolizando la sangre; la tercera cuerda permanecía de su color natural blanco, representando la mucosa, y la cuarta cuerda, con el tono más alto, era teñida de negro, el color de la melancolía”.

Cabe destacar que, según refiere Ángel González Palencia, en su libro Historia de la literatura arábigo-española, citado por Ramón Mujica Pinilla, durante el renacimiento italiano, Mancilio Ficino construyó su teoría musical como corolario terapéutico para ‘purificar’ el temperamento melancólico. ‘La música, decía él, tenía un efecto más inmediato y poderoso que lo que era aprehendido por cualquier otro sentido’.

Como se sabe y reconoce, la lira ha sido asociada tradicionalmente por los poetas clásicos con el culto a Apolo.

Ibn Hazm asegura, en su Collar de la Paloma, regresando a la melancolía, la separación de los amantes y el duelo:

“Sufro de una mal que el médico se ve impotente para curar

y que me llevará, no lo dudo, a las abrevaderas de la muerte.

He consentido en ser sacrificado en el altar de mi amor,

como quien apura un veneno en un delicioso néctar relajado

¿Qué querrá pues mi suerte? ¡Poca vergüenza la suya!

¡Y qué ardor pone en poseerme, más que ningún amante!

Como si mi tiempo fuera hijo de Ad Al-Shams

e imaginaras que yo ayudé a los shiíes contra Uzman”.

Y vayan dos poemas más para rematar este asunto de la enfermedad, en Ibn Hazm:

“El médico que nada sabe, me dice:

‘Cúrate, oh tú que estás enfermo’

Pero mi dolencia nadie la sabe más que yo

y el Señor Poderoso, el Excelso Rey

¿Cómo ocultarla si la revelan los sollozos

que no me dejan, y el andar siempre cabizbajo,

y las huellas de la tristeza en mi rostro,

y mi cuerpo extenuado y macilento como un espectro?

Las cosas son tanto más claras

e indudables cuando los indicios son evidentes.

Por eso le digo: “Explícate un poco,

pues, por Dios, no sabes lo que estás diciendo’.

Él contesta: ‘Te veo cada día más delgado.

La enfermedad de que te quejas es consunción’.

Le digo: ‘La consunción acomete los miembros,

y es una fiebre que tiene alternativas;

pero yo, por vida de Dios, no me quejo de fiebre

y tengo poco calor en mi cuerpo’.

Me dice: ‘Observo que estás sobresaltado y en acecho,

pensativo y siempre silencioso.

Creo que es melancolía.

Mira por ti pues es cosa molesta’…

Entonces Ibn Hazm le contesta al médico, tajante:

“Mi enfermedad procede de lo que me remediaría.

¿No se extravían ante esto las inteligencias?

Y la prueba de lo que digo es palmaria:

las ramas de una planta si se invierten se tornan raíces

y contra el veneno de las víboras no hay más triaca

que garantice la curación de las picaduras que ese mismo veneno”.

Naturalmente, como nos es dable admitir, el poeta andalusí no presenta, pues no es su propósito, una definición de la melancolía ni, mucho menos, pretende explicarla. El poeta únicamente se propone refutar a su médico diciéndole que no adolece de melancolía, sino que es presa de otro tipo de “enfermedad”, si pudiera llamársele así: Él padece “Pasión amorosa”. Tampoco concuerda con el diagnóstico de consunción. Lo que sí asume, y de manera sumamente explícita, es que los médicos y, muy particularmente el que lo trata de atender, sabe menos que él mismo, sobre lo que lo aqueja. Ello es sumamente importante e interesante, los médicos debieran escuchar al propio paciente, de otro modo el error es muy probable. Ibn Hazm sabe que la unión amorosa curaría su padecimiento, por ello mismo el diagnóstico médico y la estrategia de tratamiento es absurda.

Cómo podemos apreciar, la metáfora, la poesía, la filosofía y la práctica médica, entre los árabes influidos por Ibn Al-Arabi o Ibn Al-Sina, van hermanadas como fuente de sabiduría.

Hoy, la escisión o el divorcio de la enfermedad y el paciente es clara.

Pese a todo, Ibn Hazm, quien afirma que su padecimiento “(…) nadie la sabe más que yo y el Señor Poderoso”, reconoce que es sumamente difícil determinar dónde acaban los “delirios del amante” y dónde empiezan la “locura del melancólico”.

“Todo amante, cuyo amor sea sincero

y que no pueda gozar de la unión amorosa,

bien por separación, bien por desdén de un amado,

bien por guardar secreto su sentir,

movido de cualquier circunstancia, ha de llegar por fuerza

a las fronteras de la enfermedad y estar extenuado y macilento,

lo cual a veces le obliga a guardar cama”.

Finalmente, Ibn Hazm expresará en prosa:

“… Es el amor una dolencia rebelde, cuya medicina está en sí misma, si sabemos tratarla; pero es una dolencia deliciosa y un mal apetecible, al extremo de que quien se ve libre de él reniega de su salud, y el que lo padece no quiere sanar.

Torna bello a los ojos del hombre aquello que antes aborrecía, y le allana lo que antes le parecía difícil, hasta el punto de trastorna el carácter innato y la naturaleza congénita”.

Hasta la próxima.