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El Camino de la Vida

Metáforas, analogías y eponimia en la historia de la anatomía, fisiología y patología, es el título completo de esta colaboración

POR: J. Enrique Álvarez Alcántara, Visitas: 137

Publicado: 12/08/21 05:30

 

“Así, pues, la realidad no se presenta originariamente al hombre en forma de objeto de intuición, de análisis y comprensión teórica — cuyo polo complementario y opuesto sea precisamente el sujeto abstracto cognoscente que existe fuera del mundo y aislado de él—; se presenta como el campo en que se ejerce su actividad práctico-sensible y sobre cuya base surge la intuición práctica inmediata de la realidad. En la relación práctico-utilitaria con las cosas, en la cual la realidad se manifiesta como un mundo de medios, fines, instrumentos, exigencias y esfuerzos para satisfacerla, el individuo ‘en situación’ crea sus propias representaciones de las cosas y elabora todo un sistema correlativo de conceptos con el que capta y fija el aspecto fenoménico de la realidad”.

Karel Kosík, Dialéctica de lo concreto

 

“La evidencia no coincide con la claridad y distinción de las cosas mismas, sino más bien con la falta de claridad en la representación de ellas”.

Karel Kosík, Dialéctica de lo concreto

 

La historia de la producción del conocimiento sobre lo real —considerando dentro de la misma realidad el conjunto de representaciones que de ella se construyen, así como el sujeto de la actividad constructiva (un ser anclado en la realidad social e histórica que le corresponde vivir) y el acto mismo de la construcción del conocimiento, con el bagaje lingüístico y semiótico que posibilita la existencia de la lengua y las palabras— no puede desmentir lo que en el epígrafe que sirve de punto de partida expresa el filósofo checo Karel Kosík (Dialéctica de lo concreto, México, Grijalbo, 1967, traducción de Adolfo Sánchez Vázquez).

Ciertamente, adicionará el filósofo marxista, de origen checo:

“Puesto que las cosas no se presentan al hombre directamente como son y el hombre no posee la facultad de penetrar de un modo directo e inmediato en la esencia de ellas, la humanidad tiene que dar un rodeo para poder conocer las cosas y la estructura de ellas. Y precisamente porque ese rodeo es la única vía de que se dispone para alcanzar la verdad, periódicamente la humanidad intenta eludir el esfuerzo que supone semejante rodeo y quiere captar directamente la esencia de las cosas (el misticismo es justamente una expresión de la impaciencia humana por conocer la verdad). Pero, al mismo tiempo, con ello el hombre corre el riesgo de perderse o quedarse a medio camino al efectuar ese rodeo”.

Y rematará estas premisas elementales con la siguiente tesis:

“El fenómeno es, por tanto, algo que, a diferencia de la esencia, oculta, se manifiesta inmediatamente, primero y con más frecuencia. Pero ¿por qué la ‘cosa misma’, la estructura de la cosa, no se manifiesta inmediata y directamente?; ¿por qué requiere esfuerzos y rodeos para captarla?; ¿por qué la ‘cosa misma’ se oculta a la percepción inmediata? ¿De qué género de ocultación se trata? Tal ocultación no puede ser absoluta: si el hombre, en general, busca la estructura de las cosas y quiere escrutar la cosa ‘misma’, para que pueda descubrir la esencia oculta o la estructura de la realidad, debe ya poseer necesariamente antes de iniciar cualquier indagación cierta conciencia de que existe algo como la estructura de la cosa, su esencia, la ‘cosa misma’, es decir, debe saber que, a diferencia de los fenómenos, que se manifiestan inmediatamente, existe una verdad oculta de la cosa. El hombre da un rodeo y se esfuerza en la búsqueda de la verdad sólo porque presupone de alguna manera su existencia, y posee una conciencia firme de la existencia de la ‘cosa misma’. Pero, ¿por qué la estructura de la cosa no es directa e inmediatamente accesible al hombre; por qué para alcanzarla es preciso dar un rodeo? ¿Y a qué o hacia dónde tiende éste? Si en la percepción inmediata no se da la ‘cosa misma’, sino el fenómeno de la cosa, ¿se debe ello a que la estructura de la cosa pertenece a una realidad de orden distinto a la realidad de los fenómenos y, por tanto, se trata de otra realidad situada detrás de los fenómenos?”

Con base en estas premisas de partida me gustaría presentar a ustedes, amables seguidores y lectores de El Camino de la Vida, una serie de reflexiones sobre el uso de las metáforas, las analogías y la eponimia en la tarea de facilitar la comprensión y explicación de los fenómenos de la enfermedad, el padecer, la búsqueda de la recuperación de la salud o el bienestar y, desde luego, la identificación de ‘la cosa misma’ —al decir de Karel Kosík— que subyace a esta fenomenología.

No quiero, por omisión o demarcación, dejar de resaltar el hecho de que las referencias al filósofo checo por ser textuales y corresponder a una época histórica determinada, utilizan el término “el hombre” para referirse a ser humano y no únicamente al género masculino.

Partamos, entonces, de los presupuestos que enseguida expongo.

Presupuesto primero. El ser humano, casi desde sus orígenes, se ha enfrentado con lo que hoy conocemos como “enfermedad” y que implicaba, inexorablemente, un conjunto de sentimientos o sensaciones que significaban un “padecer”, un “dolerse”. Antes tales certezas, el propio ser que padece o se duele, trataba, por los medios a su alcance, de reducir o eliminar la “dolencia” o el “padecimiento”, muy probablemente, antes que intentar comprender, al menos ello, lo que le sucedía y lo que causaba tal dolencia. Es decir, que la certidumbre de dolencia o padecimiento precede a la de enfermedad. Ser doliente y enfermedad, originariamente refieren objetos de análisis e interés distintos. Y, aún más, es también probable que las nociones relacionas con el ser doliente precedan en la dimensión histórica y temporal a la de enfermedad.

Presupuesto segundo. El origen y el desarrollo de las nociones de “causalidad” no se encuentra vinculado isomórficamente con la noción ontológica de ser humano doliente o que padece; el ser precede al conocer, al comprender y al explicar o interpretar. El ser doliente antecede al ser que trata de comprender o explicar el padecimiento, aunque ambos seres puedan ser el mismo y único o se dividan en dos entidades ontológicas diferentes. Facta, non verba. En el principio fue el Ser.

Presupuesto tercero. Una vez que surge, y no por “generación espontánea”, la idea de que la diversidad o variedad de eventos o sucesos que acaecen en la realidad vivencial pudieran tener un conjunto de “causas” que los hacen posibles, emerge otra necesidad relacionada con la más “primitiva” de aliviar, disminuir o cesar el padecer o la dolencia; refiero aquí la de comprender y explicar —a sí mismo, o a otros— el padecimiento o la dolencia. El padecer o adolecer, naturalmente, preceden a la dolencia o al padecimiento que, en esencia, escinde a dos seres: el Ser doliente o que padece, y la dolencia o padecimiento que se torna, sin un demiurgo que la produzca, en objeto de interés o conocimiento del mismo Ser que adolece, o de otro que, comprensible sería, dará origen al médico y la práctica médica.

Presupuesto cuarto. Una vez habiendo llegado a la frontera que demarca el Ser del interpretar o comprender o explicar, la humanidad se halló en una zona intertidal que muestra una trayectoria que va desde el “pensamiento mágico” hasta el “pensamiento científico”, expresado mediante diversas “tradiciones de investigación” y que han permitido los orígenes y el desarrollo de diversos enfoques o modelos paradigmáticos con base en los cuales se propone el ser humano comprender y explicar la dolencia, el padecer o la enfermedad.

Tesis uno. Ahora bien, recuperando las premisas que hube tomado de Karel Kosík, considero necesario recordar que si “las cosas no se presentan al hombre directamente como son y el hombre no posee la facultad de penetrar de un modo directo e inmediato en la esencia de ellas, la humanidad tiene que dar un rodeo para poder conocer las cosas y la estructura de ellas”; ergo será necesario dar un rodeo mediante diversos artefactos o, al decir de L.S. Vigotski, herramientas simbólicas que propicien la construcción de conocimientos verosímiles y muy cercanos a la esencia de las condiciones de causalidad no directa o fenoménicamente asequibles.

Es aquí donde, mediante mecanismos de “negociación de significados” y representaciones, siguiendo a César Coll I Salvador, el “sujeto cognoscente” se vale de los “conocimientos compartidos” con otras experiencias, vivencias o tradiciones de investigación que le permitan conocer, comprender o explicar su objeto de interés; poco importa si el sujeto cognoscente es o no el mismo ser doliente u otro.

Tesis dos. Asimismo, es aquí donde podemos hallar el lugar originario de la pertinencia y validez de la utilización de metáforas, analogías o eponimia como recurso explicativo, comprensivo y comunicativo de saberes, conocimientos o ideas e hipótesis.

Expresiones como giro angular, gancho del hipocampo, silla turca, célula estrellada o granular o piramidal, etcétera, son una muestra fehaciente del valor analógico en la anatomía; lo mismo puede decirse de las correlaciones geométricas o espaciales en anatomía, tales como antero, postero, ventro, dorso, basal, coronal, etcétera.

Recordar aquí Ciclo de Krebs, Células de Purkinje, Cisura de Rolando, Área de Broca, Síndrome de Parkinson, Enfermedad de Alzheimer, así como otros tantos epónimos muestra viva de que los asertos aquí presentados son legítimos.

Este conjunto de expresiones permiten comprender, organizar y explicar una serie variada de niveles de análisis en torno a este objeto de análisis.

Hasta la próxima.