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Detalle de El juego del ajedrez, de la italiana Sofonisba Anguissola, de 1555 - Foto: Especial

El camino de la vida: Metáforas ajedrecísticas/y II

A propósito de las metáforas como recurso explicativo, en esta segunda entrega el autor presenta: ajedrez y política

POR: J. Enrique Álvarez Alcántara, Visitas: 124

Publicado: 09/08/21 06:15

 

«Quien desee llegar a ser un gran jugador deberá perfeccionarse en el campo del análisis»

Mikhail Botvinik

«Para competir en Ajedrez es preciso, ante todo, conocer la naturaleza humana y comprender la psicología del contrario»

Alexander Alekhine

«La amenaza de la derrota es más terrible que la derrota misma»

Anatoly Karpov

 

Estimados lectores que siguen la columna de El Camino de la Vida en Masiosare.org; hoy me propongo cerrar esta dupla de colaboraciones dedicadas al ajedrez y sus metáforas, en la interpretación de los acontecimientos sociopolíticos que suceden en nuestro país y, por qué no, en algunas de nuestras naciones latinoamericanas.

Recordemos aquí que Bobby Fisher (campeón mundial de ajedrez que derrotó al entonces campeón mundial Boris Spasky, en el año de 1972, en Islandia, en la final de un campeonato mundial que asumió rasgos de una verdadera batalla campal entre los Estados Unidos y la ex URSS, en plena “Guerra fría”, nación que dominaba el deporte-ciencia desde ya un cuarto de siglo antes —Que en ese entonces pude seguir mediante los noticieros—) afirmaba que: “el ajedrez es la vida”. ¿Y qué es la realidad sociopolítica si no la vida en la sociedad misma?

Para jugar aceptablemente el ajedrez es necesario evitar cometer uno o más de los “Siete pecados capitales” que le acechan; Según Savielli Tartakower “Los siete pecados capitales del Ajedrez son: Superficialidad, Voracidad, Pusilanimidad, Inconsecuencia, Dilapidación del tiempo, Excesivo amor a la paz, Bloqueo”. Mutatis mutandis, para realizar análisis sobre nuestra realidad sociopolítica, que sean verosímiles y fundados es imprescindible considerar esta línea preventiva que nos muestra S. Tartakower. Pues bien, para realizar análisis e interpretaciones plausibles en torno a la vida sociopolítica nacional debemos asumir una postura semejante. Vayamos por partes, suponemos que pensaba Jack “El Destripador”.

Partamos, como ya expresamos desde la colaboración precedente, de la premisa esencial para nuestra intención reflexiva; el juego del ajedrez es una actividad realizable sí y sólo sí se asume la presencia de dos oponentes que tienen el propósito explícito y deliberado de acabar el uno con el otro. Es decir que la premisa hegeliana y marxista de una “unidad y lucha de contrarios” es la base de este juego, como lo es también en la vida sociopolítica la “unidad y lucha de contrarios” que buscan mediante una estrategia y un conjunto de tácticas derrotar al —o los oponentes—. Ahora bien, si asumimos el hecho de que los oponentes tienen la intención de ganar y derrotar al contrario deberemos concebir la idea de que no es suficiente tener el deseo de vencer para triunfar, pues ambos lo poseen, y si el deseo fuese los suficientemente necesario para obtener el éxito, seguro que únicamente dependerán de “la fuerza del deseo” para ganar. Si ambos mantienen la misma intensidad de éste seguramente las tablas o el empate será el destino y “la fuerza del destino” tendrá como sustento “la fuerza del deseo”; el triunfo será por ende de quien tenga una mayor fuerza de voluntad. ¡Vamos! No podemos suponer que “querer es poder” como pregonan los charlatanes de una pseudo psicología positiva, ante todo. Ello nos colocaría dentro del encuadre del “voluntarismo”, del “idealismo subjetivo” y de cometer uno de los primeros pecados capitales, plantarnos en la superficialidad. Si bien es cierto que es imprescindible tener la voluntad de jugar para ganar, y de ganar para jugar, no es suficiente ésta.

En tratándose de la atención a los problemas que se expresan en la salud mental ocurre algo similar, cuando se envían mensajes del tipo “échale ganas y verás que se resolverán tus problemas” o “todo es cuestión de programarte mentalmente y ¡zaz!” estamos colocándonos dentro de los márgenes del “voluntarismo”, del “idealismo subjetivo” y de cometer uno de los primeros pecados capitales, plantarnos en la superficialidad.

Bajo este supuesto debemos tener siempre presente que en las circunstancias sociopolíticas las diferentes fuerzas que juegan —dentro de las reglas y cancha reglamentaria, como los que juegan desde fuera de las mismas— tienen el firme deseo de ganar y derrotar a los otros; de otro modo no tiene sentido ni su presencia ni su existencia política. Todo cuanto realicen estará enmarcado dentro de este principio estratégico: Ganar y, consecuentemente, derrotar al adversario. Para realizar exitosamente esta intención será necesario confeccionar e instrumentar una serie de acciones tácticas que se hallarán condicionadas por las circunstancias y por las acciones de ambos jugadores. Dijera el viejo Lenin —quien por cierto era un jugador reconocido del ajedrez— “Si las condiciones cambian en 24 horas, deberemos tener la capacidad de cambiar la táctica en 24 horas, sin cambiar la estrategia”.

Para trascender esta superficialidad debemos asumir el hecho de que ambos jugadores—o los que participen—, además de la intención, deben disponer de un conjunto de conocimientos sobre las reglas del juego, los principios elementales del mismo, así como de una serie de tácticas y estrategia de este. Deben, también, tener a su alcance una competencia creativa para anticipar, en tiempo y lugar, dada la posición que guardan los elementos del juego, probables y mejores movimientos y posiciones que vayan permitiendo la ganancia de posiciones o de elementos que participan en el juego y, de esta manera, asegura el triunfo.

Siempre que se juega una partida de ajedrez existe la posibilidad de ir eliminando progresivamente piezas del jugador contrario, piezas que, consecuentemente, quedan fuera del juego. Ganar piezas es importante, sin embargo el propósito del juego no es ir eliminando elementos del jugador contrario; más bien se trata de ir posicionando las piezas propias de modo tal que el Rey adversario quede acorralado sin que pueda moverse de escaque y, a su vez esté amenazado de ser comido si no se mueve. Entonces pierde quien termina en dicha posición porque el adversario ganador ha dado Jaque Mate a su Rey. Si el jugador que tiene a su Rey amenazado encuentra un modo de proteger a su rey, de moverlo de lugar o de eliminar a la pieza que amenaza (que da Jaque al Rey) entonces es un simple Jaque al Rey. Esto es, gana quien da Jaque Mate.

Pues bien, en este caso la “voracidad” consiste en querer eliminar o “comerse” todas las piezas del adversario, sin tomar en cuenta que el adversario gana posiciones y puede darle Jaque Mate.

En la realidad sociopolítica sucede de modo semejante.

Así como he hecho hasta ahora, podría continuar describiendo los restantes “pecados capitales” en el ajedrez. Sin embargo, ello no será ya necesario para describir lo que me propongo hacer.

Sin duda alguna la “Consulta Ciudadana” que hoy se realiza en nuestro país puede ser comparada con un “Jaque al Rey” de quienes se oponen tanto a ésta como a la realización de un juicio a los expresidentes que perpetuaron la impunidad y la corrupción, así como la impartición de justicia a las víctimas de la violencia estructural, de la impunidad y la corrupción.

Quienes se oponen a ello han tratado, por todos los medios a su alcance —legales, mediáticos y extralegales— de impedir este movimiento; si bien es cierto que esta cuestión no es, ni debiera ser, el objetivo de la partida, aún restan muchos más movimientos, realizados en el tablero por ambos jugadores, sobremanera porque debemos impedir, además de la superficialidad, la voracidad y seguir ganando posiciones para transformar, de raíz, este país. Si es que en verdad tienen ese propósito como objetivo estratégico. Ello nos demandará un ejercicio crítico y autocrítico que fortalezca la consecuencia y que, a su vez, evite la pusilanimidad, la pérdida de tiempo y muy importante, que nuestros propios movimientos o acciones “bloqueen” nuestros propios movimientos y sobre todo, el alcance de nuestro objetivo.