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Máscara de Ajedrez sobre el Mar, detalle de la obra de Salvador Dalí - Foto: Especial

El camino de la vida: Metáforas ajedrecísticas/I

A propósito de las metáforas como recurso explicativo, en esta primera entrega el autor presenta: ajedrez y política

POR: J. Enrique Álvarez Alcántara, Visitas: 101

Publicado: 02/08/21 08:44

 

«En el ajedrez como en la vida, la mejor jugada es siempre la que se realiza»

Dr. S Tarrash

«El ajedrez es una guerra en un tablero. El objetivo es aplastar la mente del oponente»

Bobby Fisher

 

Estimados lectores que siguen la columna de El Camino de la Vida en Masiosare.org; hoy me propongo presentar a ustedes unas breves reflexiones sobre el uso de la metáfora del ajedrez en la exposición de algunas ideas, pensamientos, deseos o proposiciones dentro del campo del análisis de la vida política, sea en el terreno internacional, nacional, estatal o municipal. Debo reconocer que no sólo dentro del espacio de la política se ha utilizado tal metáfora; asimismo, dentro de la práctica de la relación y la comunicación terapéutica en psicología he hallado su valor.

Reitero, siguiendo el aforismo del Dr. Tarrash que he utilizado como primer epígrafe, que: «En el ajedrez como en la vida, la mejor jugada es siempre la que se realiza» y, todavía más, podría agregar, dando continuidad a las ideas de dicho personaje: «Para ganar en el ajedrez (… como en la vida misma…) uno no tiene que jugar muy bien, es suficiente con jugar mejor que el oponente» y, desde luego, procurar «hacer la siguiente jugada al último error», como enseñaba el excampeón mundial de ajedrez, S. Tartakower.

Por su lado, el enorme escritor y biógrafo de muchos personajes, Stefan Zweig, un amante del ajedrez y del psicoanálisis, que se suicidó en Petropolis, Brasil, señalaba y apuntaba con mucha claridad: “(...) Pero incluso la consideración más fugaz debería alcanzar para dejar claro que el ajedrez, al ser un juego mental libre del azar, resulta lógicamente absurdo querer jugar contra sí mismo. En el fondo, el atractivo del ajedrez descansa en que su estrategia se desarrolla de manera diferente en dos cerebros distintos; en que, en esta guerra intelectual, las negras no conocen las correspondientes maniobras de las blancas pero continuamente buscan adivinarlas e interponerse, mientras que, por su lado, las blancas se esfuerzan por adelantarse y detener las secretas intenciones de las negras.”

Escritas estas primeras líneas, no cabe duda, el juego del ajedrez es una actividad que demanda, al menos, dos personas que tienen el firme propósito de derrotar a su adversario, de aplastarlo y liquidarlo; no admite como opción las tablas o el empate, a no ser que la vida, o el juego mismo, no sea reducida a una sola y única partida. Como puede constatarse, en los torneos, individuales o por equipos, la opción de las tablas o empate es dable únicamente para no permitir que el adversario tome la ventaja. El objetivo sigue siendo derrotar a su adversario, aplastarlo y liquidarlo.

Bajo estas premisas he sostenido que si bien, “En el ajedrez, como en la vida misma o en la política, se juega para ganar”, pese a que cabe la posibilidad de no lograrlo y que pudiera ser la derrota el resultado tanto de una batalla como de la guerra, siempre resulta esencial tener en mente el objetivo de ganar y, para lograrlo, tener tentativas respuestas a interrogantes tales como ¿Para qué se quiere ganar? ¿Qué sentido tiene el hecho de que pudiera ganarse? Y si se pierde ¿Qué actitud debemos mantener si el resultado es la derrota, sea transitoria o definitiva?

Como podemos reconocer, tanto en el ajedrez, como en la vida misma o en la política, debemos interpretar y tener plena claridad de estas cuestiones.

Empero, aún falta una serie de elementos de juicio imprescindibles para normar nuestro criterio a la hora de realizar los análisis, sea dentro del juego como del análisis del mismo; refiero aquí unas notas adicionales sobre la Representación, la Teoría de la Mente, el Engaño Táctico y la Intencionalidad.

Particularmente se trata del asunto de las competencias cognitivas fundamentales que nos definen humanamente, pero que nos hermanan con algunas especies de primates como lo son los chimpancés y los bonobos.

Partamos de la premisa de que disponemos de la competencia para atribuir la competencia representacional a otros seres que no somos nosotros pero que, como a nosotros, les permite disponer de representaciones dentro de ellos; también podemos atribuir criterios de verdad o falsedad a tales representaciones de modo tal que, de acuerdo con nuestros valores, intereses, creencias o intenciones, podemos manipular las creencias –falsas o verdaderas—que los demás poseen para alcanzar el éxito en sus propósitos o intenciones. Como es entendible, la manipulación de falsas creencias permite disponer de otra competencia cognitiva esencial para la evolución psicológica –tanto en sentido histórico-evolutivo como en sentido psicológico individual—; me refiero aquí a la noción de engaño táctico. La competencia para engañar –más allá de los juicos morales o éticos— es una cualidad del psiquismo de algunos primates que, seguramente, favoreció a nuestra especie, débil frente a otros miembros de otras especies y, sin embargo, favorable para la evolución.

Esta competencia es, como se verá, imprescindible para jugar el Ajedrez y, desde luego, para jugar sobre el tablero de la vida política; en estos ámbitos de la vida humana, pero no sólo en éstos, la capacidad de “manipular”, servirnos de, utilizar trampas, realizar acciones engañosas tales como las celadas, emboscadas, “sacrificios” –es decir, “regalar” material o piezas para hacerles creer que obtienen ganancias y así obtener el triunfo— y otras estafas.

En el ajedrez, como en la vida política, quienes juegan sobre el tablero invariablemente se sirven de esta competencia –para engañar a los adversarios— y así obtener el triunfo.

Identificar, descubrir, develar, reconocer las intenciones de engañar, manipular, utilizar con determinados fines las creencias –verdaderas o falsas— nos permite la realización de análisis políticos fundados y sólidos.

No podemos considerar que, biológica o psicológicamente hablando, la competencia cognitiva de engañar no se encuentre estrechamente vinculada con una intención de seducir a los adversarios para así obtener el triunfo.

Según nos narran, literariamente Clermont Gauthier y Denis Jeffrey, en un excelente texto de pedagogía cuyo título es Enseigner et séduire, publicado por la Universidad de Laval, en el año de 1999; traduzco al castellano pues la edición se publica en francés, “El arte de la seducción es bastante simple. Se trata de tornar la indiferencia en interés, y el interés, en necesidad”.

Pues bien, la competencia que hemos denominado engaño táctico es imprescindible para realizar celadas, trampas, emboscadas, sacrificios en ajedrez como en la política. Además, éstos se orientan inexorablemente hacia la seducción de modo que se logre que los otros actúen de modo tal que favorezcan el éxito de quien utiliza tales tácticas políticas o ajedrecísticas.

Una última consideración antes de plantear algunos límites que pudiera presentar esta metáfora.

Es de obvia comprensión que el propósito esencial del ajedrez consiste en acorralar al Rey del jugador –o jugadores— oponente –oponentes—, de modo tal que sea ya imposible mover de lugar a éste sin que el cuadro o escaque del lado sea controlado por otra pieza de quien da el jaque y que, a su vez, otra pieza del Rey acorralado no pueda eliminar a la pieza que ha dado el jaque. Es decir, el objetivo es darle jaque mate. Ahora bien, si aún no se presenta esta condición el mensaje sería tanto como “si no mueves tu Rey de lugar o no me eliminas esta pieza te como”; esto es, se da un simple jaque al Rey.

Parece que la vida política —electoral o no— tiene el firme deseo y propósito de acorralar al adversario y propinarle un jaque mate.

Pareciera que con base en estas apreciaciones pudiésemos interpretar la vida política, sin embargo debemos admitir que parece fenomenológicamente obvio que sólo dos proyectos se muestran sobre el imaginario tablero de la vida política nacional; el de los conservadores y el de los transformadores. O, dicho en otros términos, el de la izquierda y el de la derecha.

Tal apreciación fenomenológica parece inadmisible en el caso de nuestro país. Mucho más cuando según la representación con la cual desean seducirnos ambos supuestos frentes no representa, histórica y políticamente hablando, nuestra realidad sociopolítica.

Este asunto lo tratare en la segunda parte de esta trama…