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El camino de la vida: Epístola/y II

Texto dirigido al Dr. Jesús Ramírez-Bermúdez, utilizando el género olvidado de las epístolas; para preguntarle ¿es la medicina una ciencia?

POR: J. Enrique Álvarez Alcántara, Visitas: 172

Publicado: 11/07/21 12:36

 

“La medicina moderna ha fijado su fecha de nacimiento hacia los últimos años del siglo XVIII. Cuando reflexiona sobre sí misma, identifica el origen de su positividad a una vuelta, más allá de toda teoría, a la modestia eficaz de lo percibido (…) a principios del siglo XIX, los médicos describieron aquello que, durante siglos, había permanecido por debajo del umbral de lo visible y de lo enunciable; pero no es que ellos se pusieran de nuevo a percibir después de haber especulado durante mucho tiempo, o a escuchar más a la razón que a la imaginación; es que la relación de lo visible con lo invisible, necesaria a todo saber concreto, ha cambiado de estructura y hace aparecer bajo la mirada y en el lenguaje lo que estaba más acá y más allá de su dominio”

Michael Foucault.

 

Apreciado Dr. Jesús Ramírez-Bermúdez, dando continuidad a la misiva con la cual quise compartir contigo una serie de reflexiones sobre el asunto que aquí trato, no quiero dejar de atender ahora, bajo otro nivel de análisis, el mismo objeto de análisis que dio origen a nuestra comunicación epistolar.

Si bien es cierto que la precedente parte de esta larga carta se centró en cuestiones de carácter filosófico y metodológico, en sentido amplio, ahora me propongo presentar algunas ideas bajo la mirada de la propia práctica médica.

No puedo omitir aquí el comentario de que desde que hube leído el famosísimo libro de Mika Waltari, Sinuhé el egipcio, no pude sustraerme de la idea de que originariamente la práctica de la medicina tiene su fuente en dos polos que no pueden ser divorciados sin anular genéticamente, desde sus orígenes, la existencia misma de una disciplina y una práctica o quehacer específicamente humanos.

Por una parte, refiero al ser que sufre, padece o se duele de algún mal (para otros, también originariamente, padecimiento o dolencia) y, en el otro extremo, un ser que tiene el firme propósito de contribuir al alivio o eliminación, hasta donde ello sea posible, de las causas que favorecen la presencia de la dolencia o malestar. Esta polaridad implica, implícita y necesariamente, una relación entrambos personajes y, entre ellos presente, la dolencia, malestar, padecimiento o sufrimiento; halado hasta nuestros días, la enfermedad.

Consecuencia, deliberada o no, de esta relación, no cabe duda, puede ser reconocido el nacimiento de la práctica clínica que media, naturalmente, la relación entre ser humano doliente y clínico o profesional de la medicina.

De esta manera, es posible admitir que desde sus orígenes la medicina emerge como una práctica profesional antes que como una disciplina del conocimiento (sin prejuzgar la naturaleza de éste), que tuviera como propósito confeccionar o construir un “Corpus” de conocimientos que permitieran la progresiva comprensión y explicación de la naturaleza y estructura de la “enfermedad”.

Ello, es necesario admitirlo y hacerlo explícito, no es un rasgo característico, distintivo y específico de la práctica médica; asimismo, y sin duda alguna, todas y cada una de las disciplinas del conocimiento han tenido una línea de desarrollo similar.

Bajo este supuesto es dable aceptar también que, desde sus orígenes, esta relación clínica ha permitido el desarrollo de conocimientos y saberes, generales y específicos, con respecto a la práctica clínica, la naturaleza y estructura de los padecimientos o “enfermedades”, así como de otras cuestiones adyacentes que favorecieron el desarrollo de los conocimientos y prácticas médicas.

Una muestra muy clara de ello se presenta en el también interesante libro de Paul de Kruif, Los cazadores de microbios.

Si revisáramos las tradiciones hebrea (Maimónides), arábiga (Ibn Sina –Avicena—o Averroes), pasando por Areteo de Capadocia, Galeno de Pérgamo o Hipócrates de Coss, sin olvidar a Egipto y el papel de Sinuhé, o las experiencias de Ayurveda, en la India, no omitiendo la experiencia china, entre otros más, podremos apreciar una trayectoria o tendencia similar en sus orígenes, aún y cuando las direcciones que siguieron fuesen diversas y variadas, la tríada Ser humano doliente, Profesional de la medicina y corpus de saberes médicos permanece como punto central de la práctica médica.

Si, además, acudimos a la revisión de algunas historias de la medicina, como las del Dr. Francisco González Crussi (Breve historia de la medicina, Remedios de antaño o Más allá del cuerpo) o, el trabajo de Sam Kean, Una historia insólita de la neurología o, además, Historias épicas de la medicina, de Eduardo Monteverde y, para no atiborrar con referencias, de C. A Yuste, Esto no estaba en mi libro de historia de la medicina, podremos concordar que no hallamos por ningún lado una versión que apunta hacia la definición de la práctica médica como una práctica científica.

Por su parte, el buen Oliver W. Sacks, en un breve texto incluido en el libro Historias de la ciencia y del olvido, cuyo título es insólito, Escotoma: Una historia de olvido y desprecio científico, expone de manera nítida el fenómeno de las “cegueras ideológicas” o, al decir de Edgar Morin, “inteligencia ciega”, como una verdadera muralla que muestra la poca cientificidad de algunas prácticas en medicina.

Considero pertinente iterar y reiterar que no es este el rasgo distintivo y particular de la medicina y de la práctica médica; asimismo, y ello es inocultable, empaña todas y cada una de las disciplinas del conocimiento a lo largo de la historia de la humanidad.

Ahora bien, con el advenimiento de los siglos XIX y XX y, ahora instalados en el siglo XXI, no puedo dejar de reconocer que la práctica profesional de la medicina –como disciplina general—ha ido desgajándose en una serie de microdisciplinas que forman parte del corpus médico y de la medicina y que ello ha conducido, ineluctablemente a un espacio fragmentado dentro del cual algunas prácticas de la medicina se acercan más que otras al “espíritu científico” o,  mejor dicho, utilizando una expresión de Bertrand Russell, a “la perspectiva científica”.

Bajo este supuesto es necesario demarcar, entonces sí, el “objeto de conocimiento o estudio” de la medicina, más allá de las prácticas médicas.

Es aquí donde de manera clara se presenta el quid de la cuestión.

Y es aquí donde se presenta el dilema:

¿Es posible hablar y estudiar la “enfermedad” como una entidad independiente del sujeto doliente y de la relación clínica, dentro de un contexto o circunstancias existenciales y fenomenológicas o, dada la intrincada red de relaciones entre estas dimensiones de la práctica clínica, es necesario realizar un rodeo epistemológico, al decir del filósofo checo Karel Kosik, para plantar frente a nuestro espíritu aprehensivo a la medicina como objeto de análisis o estudio?

Es decir, tenemos al sujeto doliente, a la relación médico-paciente, al “corpus” de conocimientos construidos a lo largo del desarrollo de la práctica médica y, sin duda también y tangencialmente, a los aportes de la tecnología para el conocimiento y estudio de la enfermedad.

Es aquí donde, colocándonos bajo la perspectiva científica, podemos admitir la posibilidad de que la práctica médica se beneficie de los aportes del desarrollo científico-técnico y, recursivamente, la práctica médica retroalimente a este último.

Aun reverbera en mí, es de reconocerse, la expresión que utilizaste para fundar aún más tus ideas; refiero aquí la noción de medicina basada en evidencias. ¿Qué son las evidencias y qué rol juegan en la cuestión de la perspectiva científica?

Valga este referente.

Cuando leí el hermoso libro de Malba Tahan, El Hombre que calculaba, me topé con el capítulo número tres que citaré textualmente para explicarme.

“Hacía pocas horas que viajábamos sin detenemos cuando nos ocurrió una aventura digna de ser relatada, en la que mi compañero Beremiz, con gran talento, puso en práctica sus habilidades de eximio cultivador del Álgebra.

“Cerca de un viejo albergue de caravanas medio abandonado, vimos tres personas que discutían acaloradamente junto aun hato de camellos.

“Entre gritos e improperios, en plena discusión, braceando como posesos, se oían exclamaciones:

“—¡Que no puede ser!

“— ¡Es un robo!

“— iPues yo no estoy de acuerdo!

“El inteligente Beremiz procuró informarse de lo que discutían:

“Somos hermanos, explicó el más viejo, y recibimos como herencia esos 35 camellos. “Según la voluntad expresa de mi padre, me corresponde la mitad; a mi hermano Hamed Namir una tercera parte; y a Harim, el más joven, sólo la novena parte. No sabemos, sin embargo, cómo efectuar la partición y a cada reparto propuesto por uno de nosotros sigue la negativa de los otros dos. Ninguna de las particiones ensayadas hasta el momento nos ha ofrecido un resultado aceptable. Si la mitad de 35 es 17 y medio, si la tercera parte y también la novena de dicha cantidad tampoco son exactas ¿cómo proceder a tal partición?

“— Muy sencillo, dijo el Hombre que Calculaba. Yo me comprometo a hacer con justicia ese reparto, mas antes permítanme que una a esos 35 camellos de la herencia este espléndido animal que nos trajo aquí en buena hora.

“En este, punto intervine en la cuestión

“— ¿Cómo voy a permitir semejante locura?

“¿Cómo vamos a seguir el viaje si nos quedamos sin el camello?

“— No te preocupes. bagdalí, me dijo en voz baja Beremiz. Sé muy bien lo que estoy haciendo. Cédeme tu camello y verás a que conclusión llegamos. Y tal fue el tono de seguridad con que lo dijo que le entregué sin el menor titubeo mi bello jamal, que inmediatamente, pasó a incrementar la cáfila que debía ser repartida entre los tres herederos.

“— Amigos míos, dijo, voy a hacer la división justa y exacta de los camellos, que como ahora ven son 36.

“Y volviéndose hacia el más viejo de los hermanos, habló así:

“— Tendrías que recibir, amigo mío, la mitad de 35; esto es: 17 y medio. Pues bien. Recibirás la mitad de 36 y, por tanto, 18. Nada tienes que reclamar puesto que sales ganando con esta división.

“Y dirigiéndose al segundo heredero, continuó:

“— Y tú, Hamed, tendrías que recibir un tercio de 35, es decir 11 y poco más.

“Recibirás un tercio de 36; esto es, 12. No podrás protestar, pues también tú sales ganando en la división.

“Y por fin dijo al más joven:

“— Y tú, joven Harim Namur, según la última voluntad de tu padre, tendrías que recibir una novena parte de 35, o sea, 3 camellos y parte del otro. Sin embargo, te daré la novena parte de 36 o sea. 4. Tu ganancia será también notable y bien podrás agradecerme el resultado. Y concluyó con la mayor seguridad:

“— Por esta ventajosa división que a todos ha favorecido, corresponden 18 camellos al primero; 12 al segundo y 4 al tercero, lo que da un resultado (18 + 12 + 4) de 34 camellos. De los 36 camellos sobran por tanto dos. Uno, como saben, pertenece al bagdal, mi amigo y compañero; otro es justo que me corresponda, por haber resuelto a satisfacción de todos el complicado problema de la herencia.

“— Eres inteligente, extranjero, exclamó el más viejo de los tres hermanos. Y aceptamos tu división con la seguridad de que fue hecha con justicia y equidad.

“Y el astuto Beremiz —el Hombre que Calculaba— tomó posesión de uno de los más bellos jamares del hato. Y me dijo entregándome por la rienda el animal que me pertenecía:

“— Ahora podrás, querido amigo. Continuar el viaje en tu camello, manso y seguro. 

Tengo otro para mi especial servicio.

“Y seguimos camino hacia Bagdad”.

Siempre me hice la siguiente pregunta: ¿para qué agregó el camello al hato el Hombre que calculaba?

Si ya sabía de antemano el resultado, ¿para qué agregó el camello al hato el Hombre que calculaba?

Tuve que llegar a la conclusión siguiente: Agregó el camello para hacer evidente a los ojos de quienes no sabían lo que él ya sabía, pero no podían ver los que ignoraban; es decir, las evidencias sirven para ello, pero no para hacer ciencia.

Hasta Pronto, doctor.