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Persistencia de la Memoria, obra de Salvador Dalí, realizada en 1931 - Foto: Especial

El camino de la vida: Memoria Autobiográfica/I

¿Qué es eso de la “Memoria Autobiográfica” y cuál es su papel en la construcción de la identidad, la mismidad, la autoconciencia y el sentido de pertenencia?, comenzando primero con el problema de la memoria

POR: J. Enrique Álvarez Alcántara, Visitas: 268

Publicado: 26/04/21 01:00

 

Al Dr. Jesús Ramírez-Bermúdez

Al Dr. Erwin Villuendas González

 

“Ya no la quiero, es cierto, pero tal vez la quiero.

Es tan corto el amor, y es tan largo el olvido”.

Pablo Neruda

 

“Dices que yo te olvido, Celio, y mientes, / en decir que me acuerdo de olvidarte, / pues no hay en mi memoria alguna parte / en que, aun como olvidado, te presentes. / Mis pensamientos son tan diferentes / y en todo tan ajenos de tratarte, / que ni saben ni pueden olvidarte, / ni si te olvidan saben si lo sientes. / Si tú fueras capaz de ser querido, / fueras capaz de olvido; y ya era gloria / al menos la potencia de haber sido. / Mas tan lejos estás de esa victoria, / que aqueste no acordarme no es olvido / sino una negación de la memoria”.

Sor Juana Inés de la Cruz

 

Muy recientemente, los días 30 y 31 de marzo último, el Dr. Jesús Ramírez-Bermúdez (@JRBneuropsiq), el Dr. Erwin Villuendas González (@ErwinVilluendas) y quien escribe este artículo (@jenriquea), en una serie de tuits intercambiamos algunas ideas sobre cuestiones relativas a la memoria, los “excesos” de ésta y su relación con la “sinestesia”.

Algunos días antes, el primero, publicó un artículo cuyo título es Las confesiones y la memoria autobiográfica (La Razón, Redes Neuronales, 12/03/2021), a propósito de La Confesiones, escrito por Agustín de Hipona hace ya varios siglos.

Debo considerar que, contra la corriente, el asunto no versó sobre las “pérdidas” o alteraciones de la memoria en sentido negativo, sino más bien, por el contrario, trató en torno a los “excesos” o su “hipertrofia”; es decir, no se habló del olvido ni de las amnesias.

Entre las referencias aludidas en este intercambio se mencionaron La mente del mnemónico: un pequeño libro sobre una gran memoria, de Alexander R. Luria; algún caso de Oliver W. Sacks en su libro El hombre que confundió a su mujer con un sombrero; desde luego se refirió el cuento de Jorge Luis Borges Funes el memorioso; y, por si no fuera suficiente, se incluyeron La misteriosa llama de la Reina Loana, de Umberto Eco, y En busca de la Memoria, de Daniel L. Schacter.

Seguramente que, más allá de las tres personas que participamos en este intercambio, habrá muchos más que se interesan por estas cuestiones relacionadas con la filosofía, la literatura, psicología, neuropsiquiatría y neuropsicología. Asimismo, más allá de estas referencias abundan las fuentes que tratan este asunto.

Ahora bien, podrán preguntarse amables lectores que siguen esta columna, ¿a qué viene esta anécdota? ¿qué importancia tiene reflexionar sobre la memoria en esta era, en este contexto histórico y político, más allá de los intereses clínicos, psicológicos o neuropsicológicos? Empero, aún más, ¿La memoria? ¿Es que acaso ésta, per se, adquiere relevancia en nuestra vida cotidiana? ¿Memoria y autorreferencialidad? ¿Memoria y autoconsciencia? ¿Memoria y voluntad? ¿Memoria y lenguaje? ¿Memoria y escritura? ¿Memoria e identidad personal? ¿Memoria y mismidad? ¿Memoria y aprendizaje? ¿Memoria histórica y verdad? ¿Memoria, objetividad y subjetividad? ¿Memoria individual y colectiva? Y muchas interrogantes más.

En este sentido, valdrá la pena aventurarse un poco más allá e inquirir: Sin la memoria, ¿qué sería de nosotros? ¿Es que acaso somos lo que es nuestra memoria? Recordando algunas reflexiones de Blas Pascal podemos intentar, acaso ello, responder a nosotros mismos estas interrogantes ¿Si perdemos nuestra memoria, acaso también perdemos nuestra identidad, autoconsciencia, autorreferencialidad, autobiografía, en fin, nos perderíamos a nosotros?

Podemos extender aún más las preguntas: ¿Qué sucedería si, a la inversa, no pudiésemos olvidar? ¿Qué función tiene el olvido en nuestra existencia? Como Irineo Funes o Shereshevsky, si no pudiésemos impedir grabar y grabar sin olvidar absolutamente todo cuanto sucede a nuestro alrededor ¿Qué sería de nuestras vidas? ¿Y si un conjunto de informaciones de una modalidad sensorial específica desencadena sensaciones de otra modalidad sensorial, las cuales, a su vez, elicitan recuerdos asociados a las segundas, hablamos de fenómenos sensoriales o mnésicos? ¿Qué sucedería si tratásemos de olvidar y nos fuese imposible lograrlo?

Hasta aquí las interrogantes contemplan a los individuos y a las personas, pero si extendemos éstas en el curso del tiempo hacia los grupos, pueblos y comunidades ¿Podríamos suponer que colectivamente la memoria es trascendente para la historia, la identidad y el sentido de pertenencia?

En el ámbito micro, ¿Podemos concebir la memoria como un estado o como un proceso? Es decir, ¿la memoria es un “módulo” independiente de otros procesos (léase “módulos”) como el pensamiento, el lenguaje, la imaginación, la atención, la actitud intencional, el aprendizaje, la voluntad, etcétera? O, por el contrario, ¿se halla estrechamente vinculada, y no bajo un paralelismo isomórfico, a las diferentes expresiones de los procesos psicológicos superiores?

Como podemos apreciar, más allá de la ficción el tema a tratar es sumamente complejo y dinámico y, a su vez, bajo diferentes niveles de análisis, tal objeto de interés debe abordarse, en este artículo, con la lente de una aproximación dinámica, sistémica, compleja e histórico-social.

Para atender a estas interrogantes intentaré ser preciso y no complicado en la narrativa o estructura del texto.

Debo señalar, como punto de partida, que el interés por la memoria no es nuevo; desde los filósofos griegos Sócrates, Platón o Aristóteles, o de los primeros historiadores, Tucídides y Polibio, hasta los filósofos o historiadores romanos como lo fueron Cicerón, Dion Casio o Herodiano, pasando por Agustín de Hipona o Tomás de Aquino, por los filósofos árabes Ibn Al Arabi, Avicena o Averroes, hasta llegar a nuestros días, no ha dejado de seducir las inquietudes e intereses el asunto de la memoria.

No omitamos aquí la relación entre memoria, mitos e historia, como puede observarse en las obras de Homero, La Ilíada y La Odisea.

La poesía, el cuento y la novela han sido muy ricas en la trama que narra o crea personajes que quedan sumergidos o atrapados por su vínculo con la memoria, como lo muestran los epígrafes de esta primera colaboración.

No quiero obviar, por su relación estrecha con la memoria, las biografías o autobiografías, como se muestra con gran parte de la obra de Stefan Zweig, o la enorme reconstrucción realizada por Marcel Proust en su extenso libro En busca del tiempo perdido. Todavía más, la literatura tiene vínculos estrechos con la memoria como lo muestran las obras de Gabriel García Márquez, Amín Malouf o Albert Camus, por no enunciar más.

Nuestro (ignoro cómo definirlo), Miguel León Portilla, al haber escrito sus breves textos La visión de los vencidos y El reverso de la conquista planteó un enorme problema con el asunto de la “memoria, la historia y las intenciones de quienes cuentan la historia”.

Como vemos pues, menudo nudo al que pretendo introducir. Para avanzar en ello trataré de presentar como un punto de partida una breve glosa sobre lo que concibo como la memoria:

“Memoria. Proceso de grabado, retención y recuperación de la información, durante el desarrollo de la actividad humana; éste requiere, que no quepa duda, un fluir sinérgico de procesos atencionales y mnémicos de información pretérita, presente y futura; de otro modo el comportamiento perdería su dinamismo y mostraría severos problemas de adaptación activa y voluntaria al entorno sociocultural que le corresponde vivir al sujeto de la actividad psíquica. Asegurar la finalidad del pensamiento, la finalidad de la actividad a lo largo del tiempo –que pudiera ser de años o décadas— es sólo posible si este sistema de memoria activa permanece indemne. Mantener el «recuerdo del futuro» –al decir de P.K. Anojin y de E. Goldberg— es imprescindible para asegurar la planificación de la actividad, así como la identidad personal y la perspectiva espacio temporal dentro de la esfera motivacional y de intereses. Asegurar la identidad personal en el devenir y permanecer dentro de un cuadro temporal será posible sí y sólo sí la memoria autobiográfica lo permite. Como podemos observar, el concepto de Memoria Activa trasciende ampliamente los estudios clásicos de Bartlett y Baddeley.

Este proceso de grabado, retención y recuperación de la información adquirida durante la vida del individuo demanda una breve descripción; por el proceso de grabado de la información podemos referir la vía sensoperceptiva por la cual ingresa ésta; por ejemplo, memoria visual, auditiva, olfatoria o táctil, etcétera. Por el tiempo que permanece o se retiene la información en el sistema de memoria, podemos hablar de memoria a corto plazo, memoria de largo plazo, memoria de trabajo, etcétera. Asimismo, por los contenidos que expresa el sistema de memoria podemos hablar de memoria semántica, memoria autobiográfica, memoria episódica, etcétera. Por el mecanismo de recuperación de la información podemos hablar de reconocimiento o evocación de la información. De la misma manera que la atención, ésta puede ser voluntaria o involuntaria, dependiendo de que sea determinada o por la esfera motivacional y de intereses o por las propiedades de la información.” (J. Enrique Alvarez Alcántara, Temas selectos de psicología y neuropsicología, con un glosario de términos en psicología y neuropsicología. Alicante, Letrame, 2021. P. 344-345).

Considero que es necesario decir que no basta con presentar a ustedes una suerte de definición como la que aproximé algunos párrafos antes; es necesario mostrar aquí que, también a lo largo de la historia, diferentes representaciones metafóricas se han utilizado para tratar de comprender, al menos, o explicar el fenómeno de la memoria.

Draaisma Douwe publicó un libro titulado Metáforas de la memoria. una Historia de la mente (Madrid: Alianza. 1998), en el cual expone nítidamente metáforas tales como: la pizarra mágica, la escritura, la Piedra de Bolonia, el fonógrafo, homúnculos y biblioteca, el espejo, la fotografía, el impresionismo en la pintura, la cámara oscura, las computadoras, etcétera.

Más aún, Néstor Braunstein, en tres pequeños libros, Memoria y Espanto o El recuerdo de la Infancia (México: Siglo XXI. 2008), La Memoria, la inventora (México: Siglo XXI. 2008) y Memoria del uno y memoria del otro (México: Siglo XXI. 2012), presenta un conjunto de reflexiones sobre la memoria bajo un punto de vista psicoanalítico; empero, aún más, en el segundo libro, en su capítulo Alexander Luria, el Shostakovich de las neurociencias presenta, más que un análisis de la memoria, un análisis psicológico de Luria que, por el momento, no analizaremos y que parte del trabajo de Alexander Luria La mente del mnemónico.

Considero que con base en esta primera aproximación a la memoria y sobre la base de esta serie de datos podremos reconocer la complejidad que ello encierra.

Ahora bien, trascendiendo esta primera aproximación, sería prudente señalar que diversos eventos –congénitos o deliberados—podrían “mejorar” dicho “proceso de grabado, retención y recuperación de la información”. Desde estrategias simples e intuitivas de fortalecimiento de la memoria, hasta procedimientos sofisticados que la “mnemotecnia”, desde tiempos muy remotos, han propalado y ensalzado.

Mnemónicos a lo largo de la historia son referidos en diversos textos, desde Homero, Mitrídates Eupator, Ciro (Rey de Persia), Miguel Najdorf, Solomon Shereshevky, Irineo Funes, Bobby Fisher, François-André Danicana Philidor, por no enunciar una lista enorme de personajes reconocidos, de ficción y reales, con tales capacidades.

En la próxima colaboración abordaremos, para realizar una comparación atractiva, el significado de las pérdidas de la capacidad de memoria y, por el contrario, de los excesos y sus consecuencias en la vida de quienes poseen estas “cualidades”.