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El triunfo de la muerte (detalle), de Brueghel, hecha en 1562 - Foto: Especial

El Camino de la Vida:¿Qué es la muerte?

Hace una revisión del tema de la muerte, tratando de no caer en el existencialismo; retoma lo escrito por Javier Sicilia en Proceso, al respecto; particularmente en el México actual, donde al parecer la vida no vale nada

POR: J. Enrique Alvarez Alcántara, Visitas: 272

Publicado: 13/02/21 12:06

 

A Javier Sicilia

 

Sin proponerme asumir una postura “existencialista” (que desde sus orígenes y expresión de entreguerras en Europa marcó el pensamiento filosófico de mediados del siglo XX hasta prácticamente el término de la misma centuria) y sin mantenerme bajo el paraguas de un “existencialismo cristiano” (piénsese en Kierkegard, Dostoievski, Marcel o Unamuno), de un “existencialismo ateo” (algunos incluyen aquí a Sartre) o un “existencialismo nihilista o agnóstico” (considerando aquí a Camus), sentado aquí y ahora frente a este teclado, escribo sobre un asunto tangencialmente abordado por cualesquiera de los “existencialismos” o “existencialistas”; me refiero, desde luego al asunto de la Muerte.

Bien sabemos que bajo la égida de cualesquiera de los “existencialismos” siempre se reflexionó sobre cuestiones relativas a la “existencia humana”, la “responsabilidad”, la “libertad”, la “dignidad”, el “ser” o la “esencia” de la humano y su existencia, qué sé yo; también es conocido que de aquí se trasladó naturalmente a nuestra vida en sociedad (exprésese ésta colectiva o individualmente); quizás, como antítesis del mismo objeto de análisis, la vida, la existencia humana y el ser, no pudo evitarse el asunto de la muerte, sin embargo, ésta llego como la “segadora del ser y la vida”. Como la negación absoluta de la primera.

No pretendo siquiera demostrar una posición propiamente mística o religiosa; cuando mucho, admito que esta colaboración pudiera ser considerada dentro del campo reflexivo denominado “Humanista”.

Bien lo sé, y lo sé bien, que dicho término es anfibológico, que se nos escapa de las manos su encuadre y que para utilizarlo debiera antes precisar los límites dentro de los cuales, hoy por hoy, puede aceptarse que uno, independientemente de la postura que asuman otros, se yergue como un “humanista”.

Cuando Martin Heidegger, por ejemplo, escribió su Carta sobre el Humanismo (epístola dirigida a Jean Beaufret, en París, en el año de 1946) se “curaba” un poco al inquirir: “Usted pregunta: ¿comment redonner un sens au mot «Humanisme»? Esta pregunta nace de la intención de seguir manteniendo la palabra «humanismo». Pero yo me pregunto si es necesario. ¿O acaso no es evidente el daño que provocan todos esos títulos? Es verdad que ya hace tiempo que se desconfía de los «ismos». Pero el mercado de la opinión pública reclama siempre otros nuevos y por lo visto siempre se está dispuesto a cubrir esa demanda”.

Bajo esta lógica analítica pareciera imprudente e innecesario todo lo que he escrito hasta ahora, tratando, tan sólo ello, de justificar el tema de la muerte como objeto de análisis e interés.

Más adelante, el mismo Heidegger precisará la cuestión que considera la esencia misma del “humanismo”; para ello se expresa así: “Ahora bien, ¿desde dónde y cómo se determina la esencia del hombre? Marx exige que se conozca y reconozca al «ser humano». Y él lo encuentra en la «sociedad». Para él, el hombre «social» es el hombre «natural». En la «sociedad» la «naturaleza» del hombre, esto es, el conjunto de sus «necesidades naturales» (alimento, vestido, reproducción, sustento económico), se asegura de modo regular y homogéneo. El cristiano ve la humanidad del ser humano, la humanitas del homo, en la delimitación frente a la deitas. Desde la perspectiva de la historia de la redención, el hombre es hombre en cuanto «hijo de Dios» que oye en Cristo el reclamo del Padre y lo asume. El hombre no es de este mundo desde el momento en que el «mundo», pensado de modo teórico platónico, es solamente un tránsito pasajero hacia el más allá”.

Finalmente, para asumir que es posible hablar de humanismo, expresará Heidegger: “Pero si se entiende bajo el término general de humanismo el esfuerzo por que el hombre se torne libre para su humanidad y encuentre en ella su dignidad, en ese caso el humanismo variará en función del concepto que se tenga de «libertad» y «naturaleza del hombre». Asimismo, también variarán los caminos que conducen a su realización. El humanismo de Marx no precisa de ningún retorno a la Antigüedad, y lo mismo se puede decir de ese humanismo que Sartre concibe como existencialismo. En el sentido amplio que ya se ha citado, también el cristianismo es un humanismo, desde el momento en que según su doctrina todo se orienta a la salvación del hombre”.

Jean Paul Sartre, por su lado, en su texto El Existencialismo es un humanismo señala: “El existencialismo ateo que yo represento es más coherente. Declara que si Dios no existe, hay por lo menos un ser en el que la existencia precede a la esencia, un ser que existe antes de poder ser definido por ningún concepto, y que este ser es el hombre, o como dice Heidegger, la realidad humana. ¿Qué significa aquí que la existencia precede a la esencia? Significa que el hombre empieza por existir, se encuentra, surge en el mundo, y que después se define. El hombre, tal como lo concibe el existencialista, si no es definible, es porque empieza por no ser nada. Sólo será después, y será tal como se haya hecho. Así, pues, no hay naturaleza humana, porque no hay Dios para concebirla. El hombre es el único que no sólo es tal como él se concibe, sino tal como él se quiere, y como se concibe después de la existencia, como se quiere después de este impulso hacia la existencia; el hombre no es otra cosa que lo que él se hace. Éste es el primer principio del existencialismo. Es también lo que se llama la subjetividad, que se nos echa en cara bajo ese nombre. Pero ¿qué queremos decir con esto sino que el hombre tiene una dignidad mayor que la piedra o la mesa? Pues queremos decir que el hombre empieza por existir, es decir, que empieza por ser algo que se lanza hacia un porvenir, y que es consciente de proyectarse hacia el porvenir. El hombre es ante todo un proyecto que se vive subjetivamente, en lugar de ser un musgo, una podredumbre o una coliflor; nada existe previamente a este proyecto; nada hay en el cielo inteligible y el hombre será ante todo lo que habrá proyectado ser”.

Para no lidiar con el término “hombre” que utilizan tanto Heidegger como Sartre, considero que debe comprenderse el “ser humano”.

Pues bien, nuestro estimado poeta Javier Sicilia publicó en el semanario Proceso (07 de febrero del 2021, p. 53) su colaboración dedicada a La Muerte. Y en este artículo expresará en el mismo tono que Heidegger que: “La muerte es terrible. Es la destrucción de muestro orden natural la separación violenta de lo más propio de nosotros: nuestros sentidos. Quienes, en nombre de una fe intoxicada de mafia, afirman que la muerte es una bendición y no es aterradora, o bien no saben lo que dicen o se niegan a mirar la realidad. Incluso para el propio cristianismo, la muerte es como consecuencia del pecado de origen, espantosa. Supone, decía Iván Illich citando a Santo Tomás, que ‘nuestra alma hecha para conocer y amar, a través de un cuerpo, estará sin más ni menos a merced de Dios…”.

Por lo menos, desde hace prácticamente medio siglo, la muerte no ha sido la parte del final de la vida misma y de la condición de lo vivo que, por lo demás, sabemos es inevitable, aunque evitemos pensar en ello o hablar de ello.

La muerte ha sido consecuencia, además de la propia condición humana, del conjunto de condiciones materiales e ideales de existencia de nuestras sociedades abducidas por una violencia demencial estructural, una división irracional entre sectores hundidos en la pobreza y la misera, carentes de los mínimos recursos que les permitan vivir con calidad y dignidad, y grupos, unos cuantos, anclados en la opulencia económica y política.

La muerte derivada de catástrofes tales como terremotos, inundaciones, erupciones volcánicas tormentas, etcétera, llega desigualmente a los sectores sociales en la pobreza y en la opulencia; la que viene acompañada de epidemias como la que desde el año 2020, el “Año de la Peste”, nos agobia y nos provoca reacciones de ira e impotencia, también llega inequitativa.

La muerte que permanece oculta, velada, enmascarada porque los sistemas de justicia, paz y seguridad, no operan y permiten la impunidad y se sostienen en la corrupción, tampoco forma parte de la “naturaleza humana”.

Hoy, nuestro México Profundo, nuestro “México Bárbaro”, nuestro “México Amargo”, desorientado no atina hacia dónde mirar. Tal vez sólo un ¡¡¡Ya Basta!!! emerge de nuestras gargantas.

Sin embargo, ¿Qué hay más allá de ese ¡¡¡Ya Basta!!!?

¿Es que acaso no podemos mirar otros horizontes?

Tal vez sea necesario regresar a lo que tanto han despreciado los neoliberales y quienes sólo buscan el Poder como botín.

Debemos reconocernos a nosotros mismos entre los otros e ir definiendo un punto de llegada donde la muerte sea sólo parte de la vida misma y esta última se reconozca bajo la idea que Sartre expresó nítidamente; “El hombre es el único que no sólo es tal como él se concibe, sino tal como él se quiere, y como se concibe después de la existencia, como se quiere después de este impulso hacia la existencia; el hombre no es otra cosa que lo que él se hace”.