Masiosare agencia de noticias

Masiosare
Las estatuas de Don Quijote y Sancho Panza que forman parte del monumento a Miguel de Cervantes Saavedra, en Madrid - Foto: Especial

El camino de la vida: Genio y locura/I

El autor desarrolla una diatriba entre lo que se considera genialidad y locura, como dos formas de nombrar la excepcionalidad para así diferenciar a los comunes, a la medianía, la mediocridad

POR: J. Enrique Álvarez Alcántara, Visitas: 319

Publicado: 14/11/20 09:48

 

“Quienes, de mi generación, no hubiesen abrevado de las aguas del psicoanálisis, como primera etapa de formación, que arrojen la primera piedra; empero, quienes en la actualidad permanezcan allí varados, que hagan acto de constricción”.

J Enrique Alvarez Alcántara, Aforismo 1

 

Introito. Hace ya varios años hube sido tocado por el interés de comprender y explicarme, a mí mismo, el asunto relacionado con lo que en un tiempo, aparentemente ido ya, se denominaba “locura”.

Desde que transcurrían los años de 1960-1970 me llamó la atención la vida de Martín de Porres, que conocí a través de su biografía y, años más tarde, la vida de Fray Junípero, referida por Francisco de Asís (Florecillas de San Francisco); asimismo, y no menos relevante, las vidas de Ignacio de Loyola o de Teresa de Ávila habían seducido mi interés por algo que, bajo la lógica explicativa que me proporcionaban la “Hermanas de la Caridad” (de la orden de Vicente de Paul, del internado en el que viví durante diez años, de 1960 a 1970), denominaba “Fe”. Lo que para algunos era una muestra fehaciente de la “Fidelidad, a toda prueba, a Dios”, para otros era un ejemplar de los “delirios”, “alucinaciones”, o trastornos mentales, por no enunciarlos como una simple “locura”.

Desde ese entonces era, para mí, enigmático este asunto.

Quizás por ello, una vez que hube sido “dado de alta” del internado, en el año de 1970, comencé una búsqueda sin término, una indagación que me condujo, hacia mediados de tal decenio (1975-76), a las ideas de Sigmund Freud, de Wilhelm Reich, Erich Fromm, Igor Caruso, entre otros psicoanalistas, a través de un personaje que, si mal no recuerdo, era el Dr. Rafael Estrada Villa (fundador, entre otros jóvenes, de La Organización Nacional de Acción Revolucionaria –ONAR—, grupo Guerrillero de México y creador del Instituto Wilhelm Reich, en la hoy Ciudad de México, en el año de 1972). Para ese entonces contaba yo con una edad de 18 años.

Fue de esta manera que pude leer los textos Materialismo Dialéctico y Psicoanálisis, La Lucha Sexual de los Jóvenes, Escucha Pequeño Hombrecito, Psicología de Masas del Fascismo y El Análisis del Carácter (todos ellos de Wilhelm Reich); asimismo, pude acercarme a obras tales como La Interpretación de los Sueños, Inhibición, Síntoma y Angustia, y El Yo y el Ello (de Sigmund Freud); también, de Igor Caruso, El Psicoanálisis Dialéctico; y de Erich Fromm, El Miedo a la Libertad y El Corazón del Hombre. Por esos mismos años supe de Franco Basaglia, Néstor Braunstein, Sylvia Marcos y otros.

Pues bien, con este “bagaje” intenté comprender y explicar el comportamiento de los personajes que referí párrafos antes, además de aquellos que fui identificando en este trayecto.

Más tarde accedí a un trabajo muy particular del psiquiatra y psicoanalista Bruno Bettelheim, Sobrevivir, libro donde narra su experiencia dentro de un campo de concentración, en Dachau, Polonia, durante la Segunda Guerra Mundial; y, del también psiquiatra, Víctor Frankl, dos trabajos en este mismo tenor, El hombre doliente y El hombre en busca de sentido; esta serie de materiales de lectura fueron la primera herramienta que me sirvió para tal propósito. Asimismo, mediante estos trabajos pude ir identificando los “recursos” de los cuales puede valerse un ser humano (o una colectividad) para afrontar exitosamente las calamidades, o “situaciones traumáticas” que se le presentan en el curso de su existencia y vivencias.

Debo agregar, además, que mi experiencia vivida dentro del “internado”, durante el decenio de 1960-1970, había dejado honda huella dentro de mí como para tener estos intereses intelectuales y emocionales muy sólidamente tatuados y, sobremanera, la inquietud por aproximarme a la psicología.

Como podrán inferir, amables lectores, sostenido sobre dos pilares conceptuales (el de la religión cristiana, en su modalidad católica, y el del psicoanálisis), inicié mi formación como psicólogo, con un objeto de análisis muy nítido: La “locura” o ahora denominada así: “trastornos de salud mental”.

Es importante destacar aquí el hecho de que, inevitablemente, este tipo de lecturas y posturas ante lo que aún no comprendía, exigió de mi parte un acercamiento progresivo a las ideas de Karl Marx y Friedrich Engels, pues eran frecuente y recurrentemente citados por varios de los personajes que iba conociendo mediante la lectura. Este fue mi punto de partida de un trayecto que llevo recorrido, prácticamente, desde hace ya 45 años.

De manera aforística puedo decir que: “Quienes, de mi generación, no hubiesen abrevado de las aguas del psicoanálisis, como primera etapa de formación, que arrojen la primera piedra; empero, quienes en la actualidad permanezcan allí varados, que hagan acto de constricción”.

Establecidos estos puntos, a la vuelta de casi medio siglo, me propongo escribir algunas ideas sobre la correlación que algunos resaltan entre el “Genio”, el “Talento superlativo”, la “Inteligencia mayúscula”, la “Genialidad”, o como algunos prefieran denominarla, para realizar ciertas actividades o tareas, y la “Locura”, “Alienación”, “Excentricidad”, “Desvarío”, “Anormalidad”, “Extravagancia” o, para algunos, lisa y llanamente los “Trastornos mentales”.

Esta relación, naturalmente no de causalidad en uno u otro sentido, es atribuida, como podría esperarse, por los “otros” que se colocan dentro del espectro extremo a ellos; es decir, por quienes se autorefieren dentro del encuadre de la “Mediocridad”, la “Medianía”, la “Normalidad”, qué sé yo… Quienes, por lo demás, no son considerados miembros de esta dualidad, aparentemente extraña.

Pensar, por ejemplo, en personajes de ficción, como lo es “El Ingenioso Hidalgo, Don Quijote de la Mancha” o, en personajes reales tales como: el Marqués de Sade, Gérard de Nerval, Vincent Van Gogh, Friedrich Hölderlin, Robert Schumann, José María Arguedas, por no enunciar una larga lista, pareciera mostrar palmariamente la evidencia de esta cercanía. Sin embargo, presentar algunos esbozos claros a este respecto demanda un ejercicio de búsqueda de información y presentación de argumentos sólidos sobre los casos.

Sobre la “locura” y la “genialidad”. Haber escrito tan sólo estos nombres pudiera conducirnos a la conclusión apresurada de la correlación admitida sin mayor problema. Empero, pensar en todas y cada una de las personas que han sido consideradas como “excepcionales” a lo largo de la historia nos mostraría que tal correspondencia no siempre es clara y, por el contrario, que de todas las personas que son presuntamente diagnosticadas con “trastornos” de salud mental no siempre muestran, a los ojos de quienes juzgan, tales “capacidades sobresalientes”. Unos cuantos de quienes forman parte de tales categorías o clases cabrían dentro del punto de intersección de lo que pareciera ser un Diagrama de Venn.

Todavía más, elongando el espectro de inclusión de clase para esta reflexión, ni siquiera todos los casos de los denominados personajes con un “Síndrome de Asperger”, sobresalen en este conjunto de seres que se refieren como muy prodigiosos, per se.

Es claro que la díada o dupla siamesa de “genio” y “locura” se asume o admite como una condición que se halla, desde sus orígenes, subsumida dentro de los caracteres genéticos de tales personas; en consecuencia, vienen al mundo, como Pallas Atenea (o Minerva), con todas sus cualidades esperando que éstas se expresen y manifiesten cuando sea prudente. El entorno nada influye en la existencia de las mismas.

Por otro lado, personajes tales como Alexander Solzhenitzyn, en su obra Archipiélago Gulag, en la cual denuncia la represión política, valiéndose de la psiquiatrización de los disidentes políticos en la ex URSS, o Franco Basaglia en sus textos La Institución Negada y Los Crímenes de la Paz, en los que exhibe la situación que enfrentan quienes son recluidos dentro de instituciones psiquiátricas y sufren la “institucionalización de la violencia”, bajo el supuesto de que quienes son objeto de tales o cuales diagnósticos y “tratamientos” adolecen o padecen de la “locura”, como condición a tratar.

Estas muestras nos ponen en guardia contra las generalizaciones alegres sobre la cuestión que aquí trato.

Por esta razón solamente presentaré a ustedes algunos de los personajes que, según se cree, dan cuenta de la correlación.

Debo decir que se omiten muchos más personajes porque no habría espacio para ello en una colaboración. Omití, por ejemplo, algunas personas que militaron dentro del surrealismo o del expresionismo y que han sido ubicadas dentro de esta categoría de seres.

Sin duda alguna, el primero de los personajes que puedo referir aquí es el personaje de ficción El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha, de Miguel de Cervantes de Saavedra, quien, por demás, no es el primero en ser referenciado a lo largo de la historia de la locura, de la fealdad, de la anormalidad psíquica, de los endemoniados y poseídos, de los alienados, de los fenómenos, de los desviados o de quienes mostraban, también, perversión de los instintos.

Acudiré a una expresión que Agustín García Calvo (1959) utiliza para homenajear al personaje: La razón de la sinrazón de Don Quijote.

La “Locura de Don Quijote” ¿Cómo la calificaría precisamente la psiquiatría moderna?, se pregunta García Calvo, y se responde a sí mismo:

“La misión de la psiquiatría es catalogar, encerrar la enfermedad bajo un título que la haga inocua, aséptica, que mengüe su peligrosidad; o mejor dicho, perfeccionar simplemente la catalogación que ya la sociedad realiza por boca del vulgo, cuando califica de “loco” (o de Quijote: fijaos bien) a este o aquel de sus miembros que se ha salido de la norma, poniendo en peligro el orden y la tranquilidad; y entonces la sociedad dictamina: ‘es un loco’ (o ‘es un Don Quijote’), el psiquiatra perfecciona el diagnóstico (paranoia, megalomanía, inadaptación al medio, timidez sexual) y el individuo, el caso, así aislado, pierde su virulencia y su capacidad de contagio”.

Ante la “locura”, ya identificada y catalogada, la sociedad dispone de dos recursos para controlar el miedo a la misma; la risa, por un lado y, por el otro lado, la represión violenta. Miguel de Cervantes denuncia estos procedimientos mediante Don Quijote en la obra magna que narra las peripecias, vivencias y reflexiones del personaje.

Pues bien, dentro de las razones de la sinrazón de Don Quijote de la Mancha, hallamos, sin duda, la misma dualidad de “genio” y “locura”. Por medio de su “locura”, diagnosticada e identificad por quienes se burlan de él o por quienes usan la violencia contra él mismo, se denuncia, genialmente, la institucionalización de la violencia.

Toda vez que ya mostramos, de algún modo, la naturaleza y carácter de esta díada puedo, ahora sí, esbozar algunas cuestiones relacionadas con nuestros personajes.

Como sabemos porque ello ha sido claramente documentado, Gérard de Nerval fue un poeta, novelista, cuentista y dramaturgo francés. Sus obras más conocidas son Viaje a Oriente (1851) y Aurelia (1855). La mayor parte de su vida vivió en la pobreza y siempre dio muestra de un carácter melancólico y depresivo, condición que le orilló, varias veces, a intentar suicidarse, ahorcándose finalmente en el año de 1855. Su mayor éxito, así reconocido fue haber traducido al francés el Fausto de W. J. Goethe, cuando apenas contaba con 20 años.

Su propio epitafio dice así:

“Vivió alegre unas veces igual que un pajarillo, / este poeta loco, amador e indolente, / y otras veces sombrío cual Clitandro doliente... / cierto día una mano llamó a su habitación. / ¡Era la muerte! Entonces él suspiró: / «Señora, dejadme urdir las rimas de mi último soneto». Después cerró los ojos -acaso un poco inquieto ante el frío enigma— para aguardar su hora... Dicen que fue holgazán, errátil e ilusorio, que dejaba secar la tinta en su escritorio. Lo quiso saber todo y al final nada ha sabido. Y una noche de invierno, cansado de la vida, dejó escapar el alma de la carne podrida y se fue preguntando: ¿Para qué habré venido?”

El mismo Gérard de Nerval dirá claramente en una carta dirigida a la Esposa de Alejandro Dumas, al salir de su primer encierro psiquiátrico:

“Ayer me encontré con Dumas. Le dirá que he recobrado lo que está convenido llamar razón, pero no crea una palabra. Soy y he sido siempre el mismo… La ilusión, la paradoja, la presunción, son todas ellas, enemigas del buen sentido, que nunca me ha faltado. En el fondo, he tenido un sueño muy divertido y lo echo de menos; he llegado incluso a preguntarme si no es más verdadero que lo único que me parece explicable y natural hoy. Pero como hay aquí médicos y comisarios que velan porque no se extienda el campo de la poesía a expensas de la vía pública, sólo me han dejado salir y vagar definitivamente entre las gentes razonables cuando convine muy formalmente en haber estado enfermo, lo cual le costaba mucho a mi amor propio e incluso a mi veracidad… Para acabar, convine en dejarme clasificar en una “afección” definida por los doctores y llamada, indiferentemente, Teomanía o Demoniomanía en el diccionario médico. Con ayuda de tales definiciones, incluidas en estos dos artículos, la ciencia tiene el derecho de escamotear o reducir al silencio a todos los profetas y videntes predichos por el Apocalipsis, ¡uno de los cuales me jactaba de ser yo!”.

Alejandro Dumas en un comentario sobre Nerval escribirá:

“… Su hábitat podría ser, ni más ni menos, que un fumadero de opio del Cairo o un comedor de hachís de Argel, y entonces, la vagabunda que ella es (se refiere a la imaginación de Nerval), lo lanza a las teorías imposibles, a los libros irrealizables. Ora es el rey Salomón, ha vuelto a encontrar el sello que evoca a los espíritus, espera a la Reina de Saba; y entonces créanme, no hay cuento de hadas o de Las Mil y una Noches que valga lo que él cuenta a sus amigos, que no saben si deben compadecerlo o envidiarlo de la agilidad y del poder de esos espíritus, de la belleza y riqueza de esa reina; ora es sultán de Crimea, conde de Abisinia, duque de Egipto. Otro día se cree loco y cuenta cómo llegó a estarlo, y con tan alegre brío, pasando por peripecias tan convincentes, que cada cual desea estarlo para seguir a ese guía irresistible por el país de las quimeras y de las alucinaciones. Ora finalmente, es la melancolía la que se convierte en su musa y entonces, retengan sus lágrimas si pueden…”

Como podemos apreciar, ambos polos, “Genio” y “Locura” le son reconocidos y diagnosticados. A la vuelta de los años, la psiquiatría ha concluido que presentaba “Trastorno de ánimo”. (Continuará).