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"El hombre en su encrucijada", también conocido como "controlador del universo" o "en el cruce de caminos", fue pintado por Diego Rivera en el Palacio de Bellas Artes en 1934. La obra fue polémica porque en realidad se pintaría en el Rockefeller Center en Estados Unidos, sin embargo, al incluir un retrato de Lennin, la obra fue rechazada por la millonaria familia norteamericana. Finalmente fue repintado en Bellas Artes - Foto: Especial

El Camino de la Vida: Las Encrucijadas/I

A la Facultad de Psicología de la Universidad Autónoma del Estado de Morelos (UAEM) en su 49º Aniversario. 15 de octubre del “Año de la Peste” (2020)

POR: J. Enrique Álvarez Alcántara, Visitas: 315

Publicado: 16/10/20 09:38

 

Nota Introductoria. Con base en el Diccionario de la Lengua Española, editado por la Real Academia de la Lengua, una encrucijada es el lugar exacto donde se cruzan dos caminos y, considero análogamente definido, configuran una imaginaria cruz; asimismo, este sustantivo refiere el punto exacto donde habrá que elegir una dirección y un sentido porque hay varias líneas que se separan y divergen. Ergo quedan dos opciones: o permanecer clavados en el punto exacto del encuentro de las líneas o direcciones y sentidos (¿quedar crucificado, petrificado, paralizado, atrapado por la incertidumbre?) o, elegir uno de los caminos que se presentan.

Ahora bien, queriendo trascender el carácter casi estático de una definición que por sí misma podría limitar el análisis que me propongo compartir con ustedes, amables lectores, concibo necesario referir una nota etimológica y filológica del término encrucijada puesto que es, considero, necesario para precisar no solo metafórica o metonímicamente lo que deseo manifestar en esta colaboración, sino que me permitirá determinar que se trata de una palabra que es fruto de la conjunción de varios componentes: el prefijo “en”, que puede traducirse como la preposición de lugar “en”; el sustantivo “crux, crucis”, que es sinónimo de “cruz” y el sufijo “ata”, que se utiliza para formar adjetivos, sustantivos o participios.

En-cruci-jada: hallarse o encontrarse en un punto exacto o preciso que demanda tomar decisiones en torno a una dirección u otra (manteniendo la que se llevaba, aunque parezca no tener sentido hacerlo, o tomar otra dirección y sentido); es decir, deberá optarse por una dirección y sentido que tendrá nuestro movimiento, asumiendo los riesgos y consecuencias que de ello deriven, sobre todo cuando no se dispone de los elementos de juicio suficientes que aseguren inequívocamente el éxito.

Deícticamente hablando, una encrucijada implica a un ser humano determinado –o varios—quien o quienes se encuentran en ese lugar y tiempo y quien o quienes deben optar y determinar qué hacer. Es decir, sin el sujeto de la actividad, no hay encrucijada alguna. Por ende, la encrucijada lo es para el sujeto que se halla colocado en el punto de las decisiones.

Pues bien, es en este lugar donde me encuentro aquí y ahora. Habiendo temas varios a tratar, por su pertinencia y relevancia, pareciera que debo elegir uno para esta colaboración.

Sin embargo, a la hora de escoger he sido flechado por una duda; ¿por qué no tratar los tres temas que pienso hoy ocupan un lugar prominente en la actividad reflexiva nacional y mediática?

Mucho más cuando las tres cuestiones han sido consideradas no una disyuntiva, sino una encrucijada para quienes toman las decisiones de política pública en México y, según sostienen quienes se encuentran en la arena de las discusiones y debates –al parecer sin término—, el quid de las mismas plantea una aparente disyuntiva: Seguir el rumbo –dirección y sentido—que se han propuesto quienes conducen tales políticas, o bien cambiar hacia otros rumbos.

Colocado en este lugar, tomaré las tres direcciones y sentidos, es decir, tres objetos de análisis en sus dos sentidos: Primero, el asunto de la salud mental puesto que hace días se conmemoró el Día Mundial de la Salud Mental; Segundo, el asunto de la re-significación de la Historia Nacional a propósito del desatinado Día de la Raza, también hace unos días; y, tercero, el asunto de la Epidemia y Pandemia de COVID-19 porque los pleitos en torno a su prevalencia, distribución, mortalidad y letalidad, se hayan en disputa, sobremanera, el asunto de las decisiones y sus consecuencias.

Entremos pues en las supuestas encrucijadas.

Encrucijada Uno. El día 10 de octubre pasado se conmemoró el Día Mundial de la Salud Mental. Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), el Organismo Multilateral dependiente de la Organización de las Naciones Unidas: “El Día Mundial de la Salud Mental de este año (10/10/2020) se celebra en un momento en que nuestras vidas cotidianas se han visto considerablemente alteradas como consecuencia de la pandemia de covid-19”. Y, mostrando fenomenológicamente lo que podría significar para los seres humanos este suceso inesperado de magnitudes imprevistas e impredecibles, para las cuales no nos hallábamos preparados, adiciona la siguiente afirmación:

“Los últimos meses han traído muchos retos: para el personal de salud, que presta sus servicios en circunstancias difíciles, y acude al trabajo con el temor de llevarse la covid-19 a casa; para los estudiantes, que han tenido que adaptarse a las clases a distancia, con escaso contacto con profesores y compañeros, y llenos de ansiedad sobre su futuro; para los trabajadores, cuyos medios de vida se ven amenazados; para el ingente número de personas atrapadas en la pobreza o en entornos humanitarios frágiles con muy poca protección contra la covid-19; y para las personas con afecciones de salud mental, muchas de las cuales están todavía más aisladas socialmente que antes. Por no hablar de la gestión del dolor de perder a un ser querido, a veces sin haber podido despedirse. (…) Las consecuencias económicas de la pandemia ya se dejan sentir por doquier, puesto que las empresas despiden a personal en un intento de salvar el negocio, o se ven obligadas a cerrar por completo. (…) Según la experiencia adquirida en emergencias pasadas, se espera que las necesidades de apoyo psicosocial y en materia de salud mental aumentarán considerablemente en los próximos meses y años. Invertir en los programas de salud mental en el ámbito nacional e internacional, infrafinanciados desde hace años, es ahora más importante que nunca. (…) Por ello, la campaña del Día Mundial de la Salud Mental de este año se ha propuesto conseguir el incremento de las inversiones a favor de la salud mental”.

Como podemos apreciar, se expone de manera muy clara la situación que previsiblemente derivará de la presencia de la epidemia y pandemia del COVID-19; asimismo, se plantea el problema prexistente de un “infrafinanciamiento” de la atención a este asunto y, como antecedente de ello, una subvaloración de este ámbito de la vida humana.

En las “redes” que hoy envuelven muy nítidamente nuestra existencia socio-cultural e histórica se expresan afirmaciones de diferente talante que, valiéndose de este hecho, promueven el “mercado” de las “psicoterapias” y promocionan sus propios saberes y “ofertas” de atención psicológica o psiquiátrica, dentro del ámbito de las prácticas profesionales privadas, más que favorecer la exigencia del diseño e instrumentación de políticas públicas orientadas hacia estas cuestiones y hacia las personas o grupos que requieren atención en esta cuestión de la salud.

Pero veamos la naturaleza de las probables consecuencias, en el ámbito de la salud mental y, en sentido amplio, el bienestar físico, social y psicológico de los seres humanos –individual y colectivamente—ante circunstancias como ésta, y que podemos englobar con el concepto de «Trauma Psíquico».

Siguiéndome a mí mismo (Temas Selectos de Psicología y Neuropsicología, en prensa 2020), “Un evento natural, social, económico, político, psicológico o físico podría tornarse en un «Trauma Psíquico» considerando qué tanto, dicho evento, rebasa los recursos psicológicos –sean individuales o colectivos—de naturaleza cognoscitiva, afectivo/emocional, volitiva o de “redes de apoyo psicosocial comunitario”. Es decir, que mientras los recursos con los cuales se afrontan tales sucesos no sean rebasados por el evento, la probabilidad de que se torne en un «Trauma Psíquico» y acarre Trastornos por Estrés Postraumático (TEPT) es baja.

Ahora bien, no estamos considerando aquí el conjunto de trastornos prexistentes a la epidemia y pandemia del covid-19 que requerían atención psicológica y que no la recibían satisfactoriamente dentro de los sistemas de salud pública. Únicamente consideramos el conjunto de TEPT.

Una vez que valoramos como traumática esta circunstancia, debemos valorar las consecuencias en dos tiempos: las consecuencias inmediatas y las consecuencias mediatas y, dentro de esta segunda mirada, las consecuencias de mediano y las de largo plazo. De la misma manera, es importante considerar aquellas que se expresan individualmente y las que adquieren carácter colectivo.

Dentro del marco de las áreas que podrían mostrar aspectos o contenidos desfavorables, negativos y que generan malestar podemos enmarcar las manifestaciones de orden psico/fisiológico que se expresan en el funcionamiento del propio organismo, tales como alteraciones digestivas, hormonales, competencia inmunológica, cefaleas y diversas algias, hipertensión arterial, tics, etc.; de igual modo pueden aparecer alteraciones de la función del sueño y la vigilia, del apetito sexual, etc. Por otro lado, pueden acarrear algunas consecuencias dentro del campo de los Procesos Psicológicos Superiores, tales como alteraciones de la atención, la memoria, del pensamiento, las funciones ejecutivas, etc.; también y muy enfáticamente alteraciones en la expresión de los Procesos Afectivo/emocionales, tales como emociones de ira, temor, ansiedad, tristeza o melancolía y dolor psíquico; en la expresión de los sentimientos, entre ellos desconfianza, desesperanza, frustración, indefensión, anhedonia, o incapacidad para establecer y mantener relaciones amistosas o amorosas.

Como vemos pues, el asunto no es para nada despreciable o ninguneable; no estamos ante un panorama que deba ser minimizado. Y, hasta ahora, no sabemos –lo cual no significa que no lo haya, y si lo hay debiera el gobierno hacer público este asunto—de políticas financieras y de organización del sistema de salud mental para atender este panorama previsible.

Por otro lado, en las “críticas” que más que ello son ataques y descalificaciones que una desconfigurada y amorfa oposición utiliza para promocionarse y mostrarse, no hay interés genuino por atender la salud pública ni en éste ni en los demás ámbitos de esta área. No tienen propuestas integrales, sistémicas, complejas y dinámicas para favorecer el desarrollo de un sistema de salud sólido y de mediano y largo plazo. Es más, el famélico estado que evidencia, por lo menos este asunto, es resultado de quienes hoy se dicen oposición y a lo largo de casi un siglo olvidaron y se negaron a ver. Únicamente disponen de anatemas, gesticulaciones, gritos y susurros, insultos, descalificaciones y violencia verbal.

También, es necesario decirlo, el gobierno en turno ha sido indiferente y omiso en este espacio de su hacer y responsabilidad; hasta ahora no hay evidencia alguna que muestre su genuino interés y compromiso para atender la salud pública, considerando la salud mental.

No basta con invitar a psiquiatras a perorar en conferencias vespertinas sin proponer u programa de mediano y largo plazo que incluya el quehacer de los psicólogos y neropsicólogos, así como otros profesionales que pudieran aportar a este espacio.

Pareciera que, otra vez, lo más seguro sigue siendo la privado o la particular y lo público es riesgoso y resbaladizo.

Dejaré para la segunda y última parte de esta colaboración, las otras dos encrucijadas: La que refiere el asunto de la resignificación histórica de ciertos sucesos y personajes y, la que trata del covid-19 y los jaloneos para su atención y control.