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Educación en tiempos de covid-19 - Foto: GobMor

El camino de la vida: educación y covid-19

El autor nos presenta algunas notas a propósito del hecho educativo a distancia en la era de la epidemia y la pandemia del coronavirus; en el marco del inicio del ciclo escolar básico a través de la TV y la internet

POR: J. Enrique Álvarez Alcántara, Visitas: 166

Publicado: 26/08/20 09:07

 

Presentación. El día lunes 24 de agosto la Sección XXII del SNTE y el Grupo de Investigación en Docencia, Diseño Educativo y Tic (GIDDET), laboratorio de investigación reconocido por la Facultad de Psicología de la UNAM, organizaron un Webinar con la participación del Dr. César Coll, la Dra. Frida Díaz Barriga y la Dra. Mª Concepción Barrón, coordinado por el Dr. Ramsés Barroso, a propósito de “La escuela ante la epidemia de COVID-19: continuidad o disrupción”; debo manifestar que en la plataforma zoom participaron más de 800 personas y, mediante Facebook Live y YouTube, otros pocos más de ocho mil. Este amplio y nutrido grupo de participantes, sin duda, refleja el interés que subyace entre los maestros y padres de familia por este asunto.

Por nuestra parte, hoy miércoles 26 de agosto, mediante nuestro canal de YouTube La Comuna de la Palabra, hemos tenido una charla con la Dra. Frida Díaz Barriga dedicada a: “La enseñanza y el aprendizaje a distancia en la era de la covid-19”.

Tomando en cuenta que el inicio del “ciclo escolar” ha comenzado esta misma semana, no tengo la menor duda de la pertinencia y oportunidad de abordar esta cuestión mediante estos formatos de comunicación, expresión y relación, en esta era de confinamiento, distanciamiento físico y asunción de las medidas orientadas a disminuir los contagios y la prevalencia de las enfermedades derivadas de la presencia de este coronavirus en nuestro entorno físico, cultural e histórico; por no señalar las altas tasas de letalidad y destacar que la mortalidad, cada día, más allá de los números o cifras, cobra vida al mostrarse mediante los rostros de los seres más cercanos a nosotros mismos, o a los otros que no somos nosotros.

Como bien sabemos, la determinación de trasladar a los hogares las actividades educativas escolarizadas, de trasladar las aulas y las actividades de enseñanza/aprendizaje a los hogares, de servirse de las Tecnologías de la Información y Comunicación (TIC’s), así como trasladar los apoyos académicos y de aprendizaje a los familiares de los alumnos, dentro de sus hogares, es un hecho consumado desde hace ya prácticamente cinco meses y, como hemos visto, hoy se decide prolongar por más tiempo, dada la imposibilidad aún de contener esta epidemia; asimismo, este suceso acarreó una serie de consecuencias, de diversa naturaleza, tanto para los alumnos, como para los maestros y familiares de los alumnos y maestros, imprevisibles e inéditas y, desde luego, se trasladan también hacia esta “nueva normalidad” en el campo de la educación escolar.

Las decisiones en este ámbito de política pública, justificadas por las autoridades del ramo como inevitables e impuestas por la imperiosa necesidad de afrontar sanitariamente la epidemia en nuestro país, también les fueron impuestas a los maestros, alumnos y familiares de maestros y alumnos. Es decir, el hecho educativo escolar, inesperada y súbitamente, se trasladó de un espacio a otro sin haber dispuesto del tiempo necesario para organizarlo didáctica, pedagógica y psicológicamente.

Este fenómeno de traslación ocurrió de manera mecánica sin haber reflexionado si bastaría con un desplazamiento físico –de un lado a otro—del mismo modelo y sistema educativo, por cierto en crisis desde antes de la presencia de la covid-19.

Si asumimos que el curriculum puede concebirse como un conjunto de intenciones organizadas en programas educativos –con actividades, tareas, contenidos de aprendizaje, parámetros y criterios de evaluación del aprendizaje—y que éste, formalmente hablando, no es el que opera vivamente en el aula, sino que hay un curriculum prescrito y otro vivido, que se adapta y adecua a los procesos de interacción e interactividad entre los sujetos del hecho educativo y que los procesos de construcción de las estrategias de enseñanza como las de aprendizaje se expresan en los contextos del aprendizaje, conocidos como ambientes de aprendizaje, no bastaba ni basta con un proceso mecánico de traslación del aula a los hogares porque aula y ambiente de aprendizaje no son equivalentes.

Ahora bien, el curriculum, los programas educativos, el hecho educativo y los ambientes de aprendizaje, en uno u otro espacio, requieren mucho más que la misma traslación.

De este modo, a los elementos que he apenas esbozado es necesario adicionar otros dos, imprescindibles para el análisis; me refiero aquí al sentido que adquieren los procesos de enseñanza/aprendizaje, en uno u otro espacio o lugar, y a los contextos que en uno y otro espacio se expresan.

Conviene hacer explícito que la idea de contexto no solo se refiere al aula/escuela o al aula/hogar; asimismo, y de manera determinante, considera los entornos culturales, ideológicos, comunitarios, económicos y de carácter sistémico familiar.

Pensar, creer o suponer un principio homogéneo o monolítico para un país intercultural y diverso como es México, de antemano condena al fracaso de esta estrategia política en el terreno educativo escolar.

Pues bien, con base en estas ideas de partida trataré, al menos, de presentar un nivel de análisis centrado en la tríada intenciones, sentido y contextos como triángulo de base de las decisiones en la práctica educativa escolar.

Que expresado categóricamente diríase así: Desescolarizar el hecho educativo escolar no es equivalente a trasladar un modelo educativo escolarizado caduco al hogar.

Pero como hubiera dicho Jack “El destripador”: “¡Vámonos por partes!

El triángulo Intención-Sentido-Contexto. No cabe duda que el curriculum encuadra una serie de intenciones que el Estado-Nación determina para el hecho educativo escolar; sin embargo, como es comprensible, no sólo los grandes propósitos son los que justifican la naturaleza y carácter del curriculum –prescrito o vivido—; asimismo, y no es menor el asunto, todos y cada uno de los seres que participamos del hecho educativo escolar –siendo inevitablemente seres intencionales—poseemos intención ante el mismo hecho. Los funcionarios institucionales, los directivos de las escuelas, los docentes, los padres de familia y los alumnos tenemos intenciones –sean explícitas o no—ante el hecho educativo escolar vivido cotidianamente.

Si tradujéramos estas ideas mediante algunas interrogantes pudieran ser expresadas del modo siguiente:

¿Para qué diseñar e instrumentar un sistema educativo, como política pública de Estado? ¿Por qué debemos aspirar a que los niños y jóvenes asistan a la escuela y adquieran o construyan ciertos conocimientos, saberes o competencias? ¿Por qué los padres de familia, deseamos y debemos enviar a nuestros hijos a la escuela? ¿Por qué, “Yo” como alumno quiero y debo ir a la escuela?

En seguida, no podemos obviar otras cuestiones relacionada estrechamente con las anteriores:

¿El modelo educativo prescrito y materializado mediante el currículum permite, de la mejor manera, concretar o lograr tales propósitos e intenciones? ¿Con la estructura que se dispone, en las instituciones educativas, es posible alcanzar nuestros propósitos? ¿La planta de profesores y equipos de apoyo permite alcanzar los objetivos educativos?

Desde luego que es imprescindible reconocer y admitir que el hecho educativo escolar, vivenciado en las prácticas cotidianas, se transforma, también cotidianamente, en función de la naturaleza dinámica, sistémica y compleja de las actividades, tareas, interacciones e interactividades que demandan procesos permanente de “adaptación” a las circunstancias y condiciones vivas del hecho educativo; es decir, que es imprescindible resaltar el hecho de que la práctica viva educativa se encuentra en una permanente restructuración para responder a las exigencias de una dinámica sociocultural e histórica cambiante permanentemente.

Por otro lado, es pertinente destacar el hecho de que un curriculum prescrito homogéneo y monolítico, único para toda una nación, ha sido incapaz de moldearse o acomodarse –al decir del epistemólogo suizo Jean Piaget—a las exigencias de una diversidad cultural, lingüística, económica, ideológica y de vida cotidiana.

La posibilidad de concretar satisfactoriamente las intenciones o propósitos de un sistema educativo requiere, inexcusablemente, de un proceso de consideración constante de “los contextos” en los cuales se expresa vivamente el hecho educativo escolar.

Ello significa que no puede omitirse el hecho de que las intenciones, los sentidos que adquiere el hecho de educar y aprender o enseñar, no son entelequias vagando en el espacio físico; las intenciones, y su expresión en los sentidos colectivos y personales de participar del hecho educativo escolar, son inseparables de “los contextos” dentro de los cuales se concibe y ejerce la práctica educativa. Son, por decirlo así, los elementos de una estructura o molécula educativa. Al margen de esta consideración deja de existir el suceso educativo escolar.

Como nos es dable considerar, comprender y explicar un fenómenos social e histórico sistémico, dinámico y complejo, como lo es el hecho educativo escolar, parece inviable sin la estimación de un triángulo sólido que sustenta a la práctica educativa, y como puede derivarse de lo hasta ahora expresado, este triángulo tiene por líneas esenciales: las intenciones, los sentidos y los contextos.

Usualmente el término de contexto ha sido comprendido vaga e imprecisamente, sin embargo, hablar de “los contextos” nos exige precisar, sin ambages, qué es lo que queremos decir cuando utilizamos el término “contexto”.

Cando referimos el “contexto” representamos las cuestiones lingüísticas, ideológicas, culturales, de usos y costumbres, de pensamiento, creencias, valores y, naturalmente, de prácticas colectivas e individuales que trascienden la idea de entorno. Trascendemos la idea en “contextos” urbanos o rurales; vamos más allá de poseer o no herramientas y tecnologías de la información, nos colocamos allende de cuestiones económicas o sociales. De manera clara nos ubicamos dentro de los espacios demarcados por formas de pensar e interpretar la realidad.

Es decir, estamos parados en espacios culturales e histórico-culturales y no únicamente físicos o espacio-temporales.

Por ende, la troika intenciones-sentidos-contextos es la base de cualquier intención o propósito educativo.

Ahora bien, regresando a las cuestiones de principio de esta colaboración podemos inquirir: ¿Es suficiente, en esta “Nueva Normalidad”, trasladar espacio-temporalmente las aulas de la escuela al hogar?

Parece que la respuesta es obvia:

¡No!

Si no es así. Entonces ¿Qué hacer?

Parece que la respuesta nos traslada hacia una expresión que Iván Illich hubo planteado hace ya varias décadas.

¡Trasladar la educación a la realidad socio-cultural e histórica hacia la realidad concreta de modo que podamos “desescolarizar” la educación!

Desescolarizar la educación. No tengo duda de ello, las circunstancias que hoy afrontamos nos ofrecen la oportunidad de “desescolarizar la educación” y trasladarla hacia los “contextos” que trascienden la idea de “entorno” y que nos colocan en el centro del hecho educativo: La realidad viva y concreta que se halla más allá de las paredes que encierran la escuela y las prácticas educativas.

Iván Illich nunca se propuso “desparecer la educación escolar”, considero; se propuso, “desescolarizar” la educación; es decir, sacarla de las aulas y regresarla a la realidad histórica, cultural y social, para que las “intenciones educativas” adquieran “sentido” en los “contextos históricos-culturales y sociales”, de los cuales fue secuestrada. Devolverla a la vida misma.

Regresarla, al decir de Søren Hansen y Jesper Jensen, al entorno de formadora de seres críticos y pensantes, y no solo de personajes obedientes y subordinados; al pensar de Paulo Freire, de personas que pueden interpretar su realidad y proponer programas de acción transformadora de la realidad, con base en una idea de futuro; al decir del Poeta Prometeico, León Felipe, de diseñar la realidad, no como es, sino como debiera ser, gracias a la fuerza poética de la imaginación.

Es esa la oportunidad que se nos presenta. Lo otro, está condenado al fracaso histórico.